El termómetro del miedo

Por Walter Goobar

Walter Goobar Cuando se trata de la temperatura, es sencillo comprender la diferencia entre lo que marca el termómetro y la sensación térmica.

Sin embargo, el tema se complica cuando se trata de las diferencias entre el termómetro de la inseguridad y la percepción de la inseguridad. Aquí no es el mercurio lo que diferencia a una de otra, sino la construcción del miedo y la construcción que de ese miedo hacen los medios.

En muchos casos, las ciudades más seguras del mundo son en realidad las ciudades que albergan a los ciudadanos más miedosos. Es decir, el miedo no es consecuencia de lo real sino que muchas veces es también el resultado del ambiente que se crea.

Los especialistas independientes y las estadísticas oficiales coinciden en que los niveles y la envergadura de los delitos violentos son en la Argentina actual menores a los existentes en el año 2002 —que fueron los más altos de la década—, e inclusive menores a los de años recientes, pero los números no tranquilizan a una opinión pública que corre el riesgo de convertirse en rehén de sus propios fantasmas.

En 2002 hubo un pico de 3.453 homicidios dolosos y desde entonces descendió ininterrumpidamente hasta 2006.

Los 2.000 muertos de 2008 equivalen a una tasa de 5,1 cada 100.000 habitantes. Lo que coloca a la Argentina en una posición privilegiada frente a la tasa continental de 25 por cada 100.000, y la de ciudades emblemáticas como Río de Janeiro que es de 48 cada 100.000.

Si bien es cierto que en términos reales los delitos contra la propiedad y las personas han aumentado en los últimos años, ese crecimiento en las estadísticas es menor de lo que la gente percibe.

Desde fines de 2006, el Laboratorio de Investigaciones sobre Crimen, Instituciones y Políticas de la Universidad Di Tella realiza una encuesta mensual para estimar la cantidad de personas que fueron víctimas de delitos en los doce meses previos.

–En febrero de 2007, el 26,5 por ciento reconoció haber sido víctima de algún tipo de delito. Al año siguiente, la cifra bajó al 25,3%, mientras que en febrero de 2009 el 29,4% se reconoció como damnificado.

En lo que respecta a “robos con violencia”, en febrero de 2007 hubo un 13,2% de respuestas positivas, en 2008 un 15,9 por ciento, mientras que en febrero de 2009 ese índice bajó al 14,2 por ciento.

Aunque contradiga las estadísticas, el aumento en la sensación de inseguridad puede explicarse por una parte, porque se incrementaron los delitos violentos y fatales contra víctimas pertenecientes a estratos sociales medios y altos, cuyas viviendas y barrios dejaron de ser inexpugnables.

La sensibilidad social y el dramatismo que genera la victimización de una persona de clase media o alta es muy superior a la que genera el asesinato de un morocho pobre o indigente, cuya vida o integridad física cotiza menos que la de un vecino acomodado.

A su vez, la interpretación de que las principales víctimas del delito violento son las personas de las clases media-alta y alta, es un resultado de la construcción de los medios de comunicación que describen la problemática del delito y la seguridad de una manera exacerbada, repetitiva y siguiendo un tono sensacionalista.

Los medios construyen opinión sobre estos parámetros y lo hacen sin el menor atisbo de autocrítica, ya que el negocio de la inseguridad, además de rating, sirve para presionar a los gobiernos y sacar réditos económicos o políticos.

En la provincia de Buenos Aires los 3.500 niños que mueren por hambre, superan en número las víctimas de los homicidios dolosos, pero esas muertes nunca despiertan la sensibilidad de los medios ni los miedos de las clases acomodadas. El hambre o la pobreza, que también son delitos, no les preocupan porque son delitos que no los afectan a ellos.

Sólo la hipocresía social argentina hace que la inseguridad genere más miedo que el tránsito, pese a que los muertos por homicidios culposos en accidentes de tránsito (3.783 en 2007) supera

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