Abren miles de peregrinos cristianos la Semana Santa en Jerusalén

Por Rubén Medina.

Jerusalén.- Decenas de miles de peregrinos cristianos abrieron la Semana Santa siguiendo el itinerario de Jesús desde el Monte de los Olivos hasta la ciudad antigua de Jerusalén, en una colorida procesión de Domingo de Ramos.

Apiñados en torno al Patriarca Latino de Jerusalén, Fuad Twal, una masa humana fue descendiendo por el bíblico monte, cuyo nombre aparece mencionado tantas veces en relación con los últimos días de Jesús.

“Hemos venido hasta aquí para vivir los últimos momentos de Nuestro Señor hacia la Resurrección, estar con él y sentir más de cerca su mensaje”, explica con devoción Manuel Mendes, un brasileño que por primera vez hace el recorrido.

El cristianismo celebra en el Domingo de Ramos la entrada de Jesús en Jerusalén y por ello la procesión serpentea desde la falda donde se halla la Iglesia de Betfagé hasta la Iglesia de Santa Ana que se halla más allá de la Puerta de los Leones, en la ciudad amurallada.

“Es un recorrido aproximado, no el que hizo Jesús porque en sus días este camino y esa carretera no estaba, pero lo importante es el mensaje de la procesión, el estar aquí con él”, se justifica el padre Peter, que acompaña a un grupo de fieles italianos.

En Betfagé, la ladera noreste del Monte de los Olivos, se halla la piedra en la que, según la tradición cristiana, Jesús se apoyó para subir en el borrico que le trajeron sus discípulos antes de iniciar el viaje hacia la ciudad santa.

La procesión asciende primero por una empinada cuesta y se detiene en el “Dominus Flevit” (El Señor lloró), el lugar más alto del monte y desde el que Jesús divisó Jerusalén por primera vez. Allí, Jesús lloró por el futuro de la ciudad y vaticinó que “vendrán sobre ti días de destrucción” que “no dejarán piedra sobre pierda”.

El recorrido lo hacen monjes franciscanos -que son custodios de Tierra Santa-, miembros de distintas ordenes cristianas europeas vistosamente ataviados con capas blancas y una masa de peregrinos que agitan en sus manos hojas de palma y de olivo.

Una colorida procesión en la que también destacaban banderas nacionales, entre ellas algunas latinoamericanas y muchos grupos religiosos con pancartas, guitarras e instrumentos.

“Un carnaval religioso”, lo califica alguno que otro participante que hace la procesión por motivos culturales y turísticos, y no por creencias religiosas.

Hace dos mil años Jesús debió cruzar el valle del Kidrón, a los pies de la muralla de Jerusalén, por una zona pedregosa y algunos árboles de oliva. Actualmente la procesión serpentea un poco más arriba, por donde están el Huerto de Getsemané y la tumba de su madre, la Virgen María.

El desplazamiento del itinerario se debe a que Jesús entró en Jerusalén por una de las puertas que daban al Templo -en la Biblia está escrito que echó de allí a los mercaderes-, pero la procesión no puede hacerlo porque está tapiada desde hace siglos.

Los musulmanes ordenaron que se bloqueara esa puerta y se colocara un cementerio delante de la muralla, porque en la tradición judía es por la que debe entrar el mesías. Ese obstáculo físico no disipa en lo más mínimo el fervor de los peregrinos y de sus guías espirituales, que ven en la procesión un hecho “simbólico”.

“El estar aquí y recorrer las calles de Jerusalén, participar en las misas y procesiones, oír y ver de cerca las historias, recorrer la Vía Dolorosa. Hay tanto, que lo de la puerta es lo de menos”, cree la colombiana María Isabel. “íSi Ud. no nos lo dice, nosotras no nos enteramos!”.

Al pasar bajo la puerta de los Leones y entrar en la ciudad amurallada, los peregrinos agitan con devoción las hojas de palma y olivo al grito de “hosana” (felicidad), festejando la inminente resurrección que para el cristianismo llegó exactamente siete días después.

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