El 15 de marzo, un largo y oscuro viaje hacia una noche feliz en El Salvador

Por Steve Kelley
Traducción José Manuel Ortiz Benítez

Tarde en la noche, hacia las primeras horas de un lunes por la mañana, a mediados de marzo, alegres multitudes de personas, tantas como 600,000, desfilaron por el Paseo General Escalón, a través del corazón de algunos de los barrios más ricos de esta ciudad capital.

Tres generaciones de salvadoreños llevaban camisetas de color rojo, pañuelos de color rojo y gorras de color rojo. Para ellos, era el color de la victoria. El color del cambio: FMLN rojo.

Caminaron pasando delante de policías con caras sombrías y cascos en la cabeza, cuya misión, se nos dijo, fue movilizarse para proteger los bienes inmuebles de los ricos. Y caminaron pasando por cercas portátiles de alambre de púa con ruedas que se posicionaron en los lugares tan pronto como el cierre de las urnas.

La avenida [Escalón] era una temporada de color rojo y la celebración me hizo recordar a Lincoln un otoño del sábado por la noche después que Nebraska derrotara a Oklahoma en un heróico partido de fútbol americano.

Muchos de los que estaban celebrando junto a mí habían huido al norte durante los 12 años de guerra civil que terminó en 1992. Mientras en el exilio, contaron sus historias una y otra vez, desde Ottawa a Seattle, y desde California hasta la Columbia Británica. Ellos hablaron de su arzobispo y de sus maestros, de sus padres, hermanos y hermanas, de sus amigos y vecinos que habían desaparecido o que habían sido asesinados durante la guerra.

En esta noche, aclamaban la primera victoria presidencial de la izquierda en la historia salvadoreña. Después de décadas de opresión, su candidato, Mauricio Funes del FMLN (Frente Farabundo Martí Frente para la Liberación Nacional), había derrotado a Rodrigo Ávila de ARENA (Alianza Republicana Nacionalista), con el 51,3 por ciento frente al 48,7.

Su exuberancia era inextinguible
Caminé esa noche del domingo, 15 de marzo, con mi amigo, el pastor Miguel Tomás Castro, de la Iglesia Bautista Emmanuel, cuyo hermano mayor y héroe, Gabriel, había sido asesinado, mientras combatía en la guerra civil.

Miguel fue secuestrado durante la guerra, torturado por ser un pastor y exiliado en Canadá. Regresó a su tierra natal y a su congregación en 1989, porque creía que un día sería testigo de ese cambio profundo y se lanzó a la calle a través de la sofocante noche de las elecciones con una sonrisa tan amplia como la avenida.

Apoyo desde Seattle
Más de dos décadas atrás, en 1986, Miguel había contado su historia en una aislada y remota sala en Seattle. Al igual que muchos otros que vivían en el exilio, mantuvo el testimonio en alto del aparentemente insoportable sufrimiento de su pueblo. Entonces pocos en Estados Unidos lo escucharon, pero hubieron algunos, los de Seattle, Portland, Eugene y otras ciudades, que sí lo hicieron.

“Conoce la verdad”, dice Miguel. “La noche y la verdad nos harán libres”.

Estas palabras tomaron vida en la Alameda Escalón. Se reflejaban en los rostros y en las lágrimas de los que caminaban celebrando. Las familias se reunieron en esta calle, convertida en una especie de maravilla. Muchas personas, al igual que Miguel, habían regresado a sus hogares y a su tierra natal para recuperar las promesas y la realidad de la esperanza sobre las cuales se habían aferrado durante más de 20 años.

En aquella noche, sentí como si el temor había sido derrotado.

Miguel agarró mi brazo y se refirió a las casas y edificios de oficinas de los ricos a su alrededor. “Aquí es donde planearon las masacres”, dijo. “Aquí es donde se planificó el fraude electoral. Aquí es donde planearon los asesinatos.”

Hemos escuchado como Funes habló a cientos de miles de personas delante de él. La escena era una reminiscencia de la noche del presidente Obama en el Grant Park de Chicago.

Miguel tradujo para mí cómo Funes perdonó “las mentiras” que sobre él arrojó Ávila durante la campaña. Funes prometió “cambio seguro” y el

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