Jano en el Caribe

Los latinoamericanos y caribeños repitieron en Puerto España sus quejas centenarias contra el Imperio. Estados Unidos repitió su promesa de “un nuevo algo”. Y todos se volvieron a casa contentos con la repetición.

Jano

Cuando Júpiter destronó a Saturno de su sitio en el club de los dioses, el expulsado se refugió en el rancho de Jano y, como muestra de aprecio por la hospitalidad, dotó a éste del poder de ver el futuro y el pasado al mismo tiempo con lo cual, supuestamente, el ahora dios de dos rostros podría tomar decisiones sabias y justas.

La quinta Cumbre de las Américas, celebrada quince años y cuatro meses después que en la primera, en Miami, el presidente Bill Clinton prometió “un mercado de 800 millones de consumidores que se extenderá desde Alaska a la Patagonia”, mostró que Jano es quien mejor simboliza la relación entre Estados Unidos, por un lado, y el resto de los países americanos por otro, con Canadá allá al costadito.

De hecho, el encuentro en Puerto España fue todo un festival de Jano.
Los latinoamericanos entienden el presente con una referencia constante al pasado, se conocen la historia de punta a punta –los hay que pueden recitar cada una de las perfidias del Imperio con precisión— y siguen recitando la historia como si la letanía fuese a cambiarla.

Los estadounidenses entienden el presente sólo como plataforma para negociar el lanzamiento hacia un futuro que siempre prometen, y se prometen, mejor de modo que la reiteración del pasado histórico básicamente, les aburre.

Janolatino

Eduardo Galeano debe estar contentísimo: su libro “Las venas abiertas de América Latina”, saltó esta semana al segundo lugar de best-sellers en Estados Unidos, 38 años después de su publicación, sólo porque el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se saltó un poco el protocolo y le entregó una copia al presidente Barack Obama justo, justito cuando las cámaras tenían al estadounidense enfocado.

Chávez también acaparó la atención con su negativa anunciada a firmar la Declaración de Puerto España porque Cuba estuvo ausente de la cita. El gesto cimarrón abochornó a todos los demás latinoamericanos que, por solidaridad y para no quedar como menos antiimperialistas, tampoco firmaron y le quedó al anfitrión, Trinidad y Tobago la responsabilidad de pasar a la historia como aval de la declaración.

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, aprovechó la cita para mencionarle en su propia cara al presidente de Estados Unidos los muchos abusos, intervenciones, invasiones, opresiones, represiones y trapacerías cometidas por el Imperio. Por supuesto debía estar la referencia a los cuarenta años de dictadura somocista, la incursión fallida de anti-castristas en Playa Girón en 1961, y el terrorismo financiado por Washington durante una década de guerra contra el gobierno sandinista.

Ortega, asistente a un encuentro de los presidentes y primeros ministros elegidos democráticamente en 34 países, dijo que no se sentía cómodo, que sentía vergüenza de participar por la ausencia del único país que en todo el hemisferio no tiene un gobierno elegido, y por la ausencia de Puerto Rico, cuya población no se decide por ser estado de EEUU, país independiente, o la mezcla que es ahora.

Las quejas históricas son válidas, y las denuncias de intervencionismo imperial aluden a hechos reales. Pero durante más de una década ya la política de Estados Unidos hacia América Latina puede describirse con una palabra: desidia. Si América Latina ha mejorado o empeorado su suerte en esta década puede atribuirse méritos o achacarse culpas a lo que han elegido los latinoamericanos, con poca influencia del Imperio. Durante una década, eso sí, muchos de los gobernantes elegidos por los pueblos latinoamericanos han desfilado por Washington solicitando pactos comerciales.

Y en esta década Cuba ha desarrollado comercio y relaciones diplomáticas, culturales, artísticas, deportivas y turísticas con todo el mundo —el único embargado por el embar

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