Naturaleza, protagonista en ciudad belga del futuro

Por Márcia Bizzotto.

Bruselas.- Luc Schuiten ve el gris del hormigón tiñéndose de césped, las calles flanqueándose de árboles y los transeúntes paseándose sobre los tejados en pasarelas floreadas que les permiten contemplar el horizonte engullido por las ciudades.

Esa es la idea común de los centros urbanos planeados por el arquitecto belga en “Vegetal City” (“Ciudad Vegetal”), un proyecto futurista en exposición en el Musée du Cinquentenaire, en Bruselas, hasta el 30 de agosto.

Su ambición, según su creador, es devolver a la naturaleza un rol central en el mundo, que le permita contener la degradación ambiental causadora del cambio climático.

Schuiten defiende que es posible con el uso de energías renovables y una técnica arquitectónica que llama de “archiborescence”, un nombre que mezcla las palabras arquitectura y arborescencia en francés y, en la práctica, significa el empleo de todas las formas de organismos vivos como material de construcción.

El principio defendido por el arquitecto es sencillo: la vida crea condiciones que favorece la vida. Y las posibilidades son múltiples, presentadas en prototipos de ciudades con nombres de cuentos de hadas.

Así, en la “Ciudad de la Casa del Arbol” las paredes de los edificios están construidas con un tejido transparente hecho de proteínas, inspirado en las alas de las libélulas, mientras que el suelo y los pilares de sustentación se hacen con una mezcla de tierra, cal y estructuras vegetales.

La ventilación está inspirada en los nidos de termitas y también la iluminación se hace con métodos biológicos, que imitan el proceso utilizado por las luciérnagas o algunos peces de aguas profundas.

Por su parte, los habitantes de la “Ciudad Tejida” tendrán paredes fabricadas con sustancia similar a la utilizada por las arañas para tejer sus telas o el gusano de seda para sus capullos, pero con capacidad para captar la energía solar que se utilizará para suministrar calefacción y electricidad.

En la “Ciudad Lótus” las históricas paredes de ladrillo y hormigón de los edificios de la capital belga son envueltas en estructuras vegetales o de material biomimético (que se mimetiza con la naturaleza), añadiendo vida a las monocromáticas construcciones.

Los techos ganan jardines que son interconectados por pasarelas fluctuantes, de manera que en vez de caminar al lado de los coches y entre las construcciones, los ciudadanos del futuro de Schuiten pasan de techo a techo, de jardín a jardín, siempre con el horizonte delante.

En esas ciudades utópicas las personas se desplazan a pie, en bicicletas o en “ornitoplanes”, una especie de dirigible hecho con la misma membrana capaz de captar la energía solar y transformarla en la electricidad necesaria para alimentar el motor que hace batir las alas del aparato.

A pesar de presentarse como alternativa a los actuales problemas ambientales del mundo, la idea de Schuiten nació hace unos 30 años, cuando aún no se hablaba de calentamiento global, en la forma de una tira de cómic, Carapaces.

La historia, creada en los años 70 junto con su hermano, François, se pasa en un lugar imaginario donde todo funciona a partir de energías renovables, producidas por prácticamente cada elemento de la ciudad.

En aquel entonces, el ideal de futuro de los hermanos Schuiten fue sugerido por el pasado: las casas de Carapaces, capaces de absorber y transformar la energía solar, fueron inspiradas por las viviendas tradicionales de los indígenas de El Pueblo, en Nuevo México (Estados Unidos).

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