La vocación sádica

Por Emilio Cafassi*

Supongamos por un momento, sólo metodológicamente, que el presidente Obama quisiera que en el mundo entero, cualquier habitante de la Tierra, sin distinción alguna, pudiera ser servido en un restaurante, a diferencia de lo que ocurría con su padre en Estados Unidos sesenta años atrás.

Supongamos que lucha y orienta su gestión en pos de ese tan elemental, básico y encomiable objetivo. Sigamos suponiendo que, tal como lo caracterizó brillantemente la presidenta argentina (que tantos destellos discursivos ha producido al tiempo que una indisimulable opacidad ejecutiva, confusión de objetivos y folclórico apego a la corruptela, el clientelismo y las maniobras electoraleras en su comarca), quisiera pasar de ser un mero producto del cambio a ser productor o impulsor del mismo.

Supongamos, en suma, que lo que considera definitivamente conquistado en su tierra lo estimule a reunir esfuerzos en pos de una extensión hacia la humanidad toda y de actor deviniera autor. Por la historia, por la memoria de su padre o por lo que sea. Para ello deberá contar con instrumentos político-diplomáticos que permitan extender derechos y libertades.

Mandela se lo propuso y luego de un martirio personal extenso y agobiante, consiguió lograrlo finalmente en su ámbito. Hoy en Sudáfrica hay restaurantes y cualquiera podría acudir, si lo deseara. La sangre de miles de luchadores y la cárcel de tantos otros Mandela incluido fue el costo de esa pequeña gran conquista.

Nada subversivo en términos modernos, si retomamos las delimitaciones políticas y culturales de la modernidad. Sólo una pequeña actualización concreta de sus demoradas cristalizaciones prácticas.

Que el sudafricano haya ceñido su propósito al ámbito nacional refleja la posición objetiva que ese país en “vías de desarrollo” ocupa en el tan desigual paralelogramo internacional de fuerzas. El acotamiento no lo desmerece en absoluto.

Obama, inversamente, por estar en este momento ocupando el rol de flecha del vector ostensiblemente más elongado que define la direccionalidad de la resultante, bien podría plantearse el objetivo más ambicioso de la suposición, es decir, trascender las fronteras nacionales.

Para ello debería poder desmantelar la infraestructura, la base objetiva del despliegue de lo que llamaré aquí la pulsión sádica que anida tanto en un simple acto de discriminación, como la negación de servicio en un restaurante, como así también en las acciones criminales.

Sin embargo, aun el limitado objeto de esta abstracción (en el sentido de abstraer desde la crisis capitalista interna y su proyección internacional, las presiones a las que lo somete no sólo la oposición, sino su propio partido, entre otras tantas) tropieza con una piedra que hasta el momento el presidente Obama no parece estar dispuesto a remover ni a reacomodar. Me refiero particularmente a la CIA, ya que es ésta la institución político-diplomática que ha impedido sistemáticamente la conquista de libertades en el mundo, incluyendo la de ser servido en un restaurante.

Sin abrir interrogantes como hoy aquí, el domingo pasado pretendía abrir el compás de espera sobre su autodefinida pretensión de escucha en la V cumbre de las Américas. También destacar que su mayor mérito en toda su breve gestión hasta el momento además de la apertura y cordialidad que subrayaron distintivamente los jerarcas participantes fue desclasificar documentos en los que se ratificaban y probaban los métodos de tortura y el carácter documentado y detallado de las mismas.

Para el fin de semana pasado, la prensa latinoamericana no había resaltado suficientemente el detalladísimo listado de torturas que la prensa norteamericana publicó in extenso. Menos aún inspiró una discusión indispensable sobre las implicancias de tal publicación.

Sin pretensión de agotarlo, la primera conclusión es que la condena en una corte marcial y la expulsión de varios soldados por el Departamento de Defensa (luego de la masiva difusión pública de las fotos

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