Por los remeseros salvadoreños en el exterior

“¿Cuántos insultos, injurias y vejaciones estás dispuesto a resistir públicamente?” fue la advertencia que probablemente nunca recibió el entonces candidato, Mauricio Funes, antes de asumir el reto de luchar por la presidencia.

No solo absorbió, a cara destapada, todos los insultos, sino que consiguió vencer a las fieras, lanzando proyectos e introduciendo propuestas por cada zarpazo recibido.

Con menos recursos y en un espacio sumamente hostil, Mauricio Funes le sacó una diferencia de cerca de 70,000 votos a sus adversarios políticos, pocos para algunos, pero suficientes para hacer historia para el resto.

Con el gane de Funes se sentó un precedente simbólico para todos en el hemisferio: llevar a un partido de ex guerrilleros al poder por la vía democrática.

En las arduas batallas campales, Funes obtuvo amplios apoyos de grandes grupos sociales dentro del país, pero también hubieron grandes detractores.

El país se partió en dos, entre ricos y pobres, entre los defensores de la libertad y los conspiradores de Hugo Chávez, entre los socialdemócratas y los comunistas.

En el exterior, el pueblo salvadoreño no se quedó cruzado de brazos. A pesar de la marginación política, el pueblo se aventó y arañó, como pudo, algún atisbo de participación.

Digo “marginación política” porque los señores gobernantes, de verdad, nunca se preocuparon por incluir políticamente a los remeseros, que, en su totalidad, suman cerca de tres millones de personas, es decir, un pesado y largo tercio de toda la población nacional.

–Ah no papá, yo voy a hablar por teléfono con mi cuñado, con mis tatas, con mis primos, con mis hermanas, con mis tíos, con todos mis cheros, para que voten por Funes– me anunció un ex compañero de la universidad desde la ciudad de Washington.

Sospecho que no fue el único.

Cuando Mauricio Funes se puso delante del atril en la Alameda Juan Pablo II para cerrar la campaña electoral, más de 70,000 salvadoreños, desde fuera de las fronteras patrias, se colgaron simultáneamente al portal electrónico que transmitía su discurso en vivo y en directo.

Yo fui uno de ellos. La gente aterrizó desde todos los rincones del mundo como zopes sedientos, el contador se disparó por encima de los 250,000, la imagen se desvaneció.

Nos conformamos con el audio y seguimos atentos fiel al discurso, pero pronto éste también se achicharró. Éramos demasiado, más de 300,000, cerca del 35% enchufados desde el exterior. ¡Qué coincidencia!

–De dónde habrá salido tanta gente– me pregunté incrédulo a mí mismo.

–Son más de tres millones de salvadoreños que viven fuera del país– me respondió mi amigo Agustín, que andaba husmeando por ahí sin esforzarse.

Tres millones de emigrantes, tres millones de almas guanacas desprendidas por el mundo –desde lavaplatos hasta ingenieros de la NASA– que han enviado a su patria un total de $37,780,120,980 en remesas oficiales entre el 1 enero de 1980 y el 28 de febrero de 2009, según la serie histórica del Banco Central de Reserva.

Esa grandiosa y mareante cifra –casi una enajenación matemática– representa la mayor riqueza nacional y el rubro económico “más solidario” que nunca, en su existencia, había visto el país.

Jamás esos tres millones de emigrantes “remeseros” han sido incluidos políticamente por los gobernantes y dirigentes políticos del país. Es un pésimo hecho que no se puede negar.

El gobierno del Ecuador, con una diáspora más joven y económicamente menos activa que la salvadoreña, ha implementado el voto desde el exterior, ha rescatado a migrantes solventes para puestos claves en la administración pública, ha dispuesto de una ley que reserva el 5% de los asientos de su Asamblea Legislativa para que sean ocupados por los emigrantes ecuatorianos elegidos desde el exterior.

En El Salvador, ninguno de los gobiernos anteriores ha sido capaz de considerar o reconsiderar un cambio serio y real en lo referente “al trato político” hacia los hermanos migrantes salvadoreños en el exterior.

Parecería estr

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