El Salvador, Puerto de La Unión Centroamericana

“Quien no tenga una parte de su cerebro influida por el marxismo no es un contemporáneo comprometido con su sociedad, del mismo modo que quienes lo tengan todo son unos fanáticos” leí hace no mucho tiempo en un texto del admirable tocayo don Manuel.

“¿Será posible que las ideologías hagan tanto daño al sentido común?” se pregunta el tocayo.

Eso parece.

El gran puerto de La Unión Centroamericana, en el oriente de El Salvador, ha caído víctima de la parálisis y la falta del sentido común al que alude mi tocayo. Es lo que suele ocurrir cuando nos empeñamos en resolver problemáticas desde trincheras ideológicas.

En los puntos extremos de esas laderas dogmáticas cunden los fantasmas, sostiene mi tocayo. Yo creo que no anda muy descarrilado en su aseveración.

En el caso del puerto de La Unión, además de caer en precipicios ideológicos, también hemos caído en el descuido de no mirar el día que marca el calendario.

A este ritmo habrá costado más construir el puerto ladrillo a ladrillo que ponerse de acuerdo sobre algo meramente conceptual como es redactar el marco legal y las reglas de juego bajo las cuales se debe echar andar semejante obra.

Ahí está, ahí tenemos la gran obra maestra desganada bajo el cielo celeste de Oriente, esperando ser rescatada del desuso, que poco a poco le va ganando más terreno.

Una señora inversión de más de 180 millones de dólares –hasta el momento la más grande de nuestra historia– al lado de las olas, tranquilamente tomando el sol, a la expectativa del acuerdo que no llega por parte de los señores diputados.

Es un puerto de ilusiones que, de momento, no tiene nada que hacer más que esperar. A disfrutar de la playa, del buen tiempo, del apacible ruido de las olas, porque los padres de la patria siguen perdiendo el tiempo en otras cuestiones de menor relevancia en el desarrollo social como la definición del verdadero matrimonio entre dos, “la unión entre un hombre y una mujer así nacidos”.

“Bajo estos cielos pescábamos cangrejos y almejas, ya no podemos, el puerto lo ha cambiado todo” me dice un pariente que tengo en La Unión. Él conoce muy bien a estos animales porque los cazaba y los vendía en un puesto del mercado. Con la construcción del puerto, los cangrejos se han ido y él se ha vuelto carnicero.

Mi cuñado Juan Manuel está en contra de una concesión a un operador privado, “lo privado es para los ricos” reclama. De vez en cuando se pasa por el puerto a ver si hay novedades. Dice que no ve cambios, que el puerto sigue ahí, vacío. Juan Manuel aspira algún día poder exportar carne a los Estados Unidos, pero cuando ve el puerto muerto le entra el pesimismo.

En el año 2001, el gobierno prestó 11,233 millones de yenes –más o menos unos 105 millones de dólares– a la Agencia Internacional de Cooperación del Japón a un interés preferencial del 2.3%. El gasto de ese préstamo, sin contar el desembolso de capital, nos mete un hachazo a todos los salvadoreños de $21,369 diarios, que son: $2,415,000 de interés anual, $1,700,000 anual en seguro y mantenimiento y $35 millones por el ajuste cambiario entre el yen y el dólar estos últimos 8 años.

Hay que recordar que el préstamo se firmó en yenes –la moneda local de Japón, ahora fortalecida– algo que se le pasó por alto a la entonces ministra, María Eugenia Brizuela de Ávila, cuando puso su firma en el contrato, un fallo no pequeño para alguien que ha sido banquera toda la vida. Ese “lapsus” nos costó a los salvadoreño $11,986 al día ($35,000,0000 dividido en 8 años que son 2920 días).

El costo de oportunidad –o sea el dinero y el bien social que podría estar produciendo el puerto– es machísimo mayor, gracias a la tullidez de nuestros líderes políticos.

Más que de costumbre, los señores diputados han perdido el tiempo en trivialidades, sin observar las manecillas del reloj. Se enredaron en porcentajes absurdos y en equilibrios mal enfocados sobre el control diario de la espectacular estructura portuaria, realizada por ingenieros belgas y japoneses.

Unos jalaban haci

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