La agonía del libro

Por Antonio Elio Brailovsky

Hace muchos años, un joven llamado Neftalí decidió escribir versos. El sopapo que le propinó su padre por dedicarse a ese oficio de maricones lo disuadió, no de la poesía, sino de publicarla con su nombre.

Así, Neftalí Reyes eligió el seudónimo con el que todos lo conocemos: se llamaría Pablo Neruda.

Hoy Neftalí encontraría otros problemas: nadie quiere publicar poesía. No se imprimirían los poemas de Neftalí y simplemente se perderían para siempre. Y si existe otro Neruda escribiendo en las sombras, tal vez no lleguemos a conocerlo nunca.

En un modelo editorial volcado al mercado, alguien decidió hace unos cuantos años que el mercado no absorbería poesía y este género literario dejó de editarse. De este modo, no sólo estamos impidiendo que se conozcan los nuevos poetas.

Neftalí Reyes eligió ser Pablño Neruda porque se inspiró leyendo los poemas del checo Jan Neruda, por quien sentía una gran admiración. ¿Encontraría hay Neftalí una versión castellana de los poemas de Jan Neruda? ¿Alguna mano piadosa los habrá colgado de esa abigarrada confusión que llamamos Internet?

Al dejar de publicar poesía estamos rompiendo una línea de continuidad iniciada mucho antes del nacimiento del idioma castellano, con las poesías amorosas del romano Ovidio, cuyo tono erótico no pudo soportar el emperador Augusto, y por eso lo desterró a un sitio infame.

Hace casi dos mil años que leemos a Ovidio, a quien no pudo destruir la represión de su mojigato emperador. Primero lo leímos en tablillas de cera, después en pergaminos y más tarde en letra impresa. Mientras tanto, los poetas nuevos quedan sujetos al efímero destino de un blog electrónico.

La continuidad de una cultura significa que unos artistas van inspirándose en los anteriores, por supuesto que si tienen oportunidad de conocerlos.

Acaba de terminar en Buenos Aires una de las Ferias del Libro abiertas al público más importantes del mundo, y todos los comentarios se refieren a sus aspectos comerciales. Nos preocupamos mucho menos de lo que ocurre con la promoción de la cultura.

Pero el mercado no siempre es el mejor regulador de todas las cosas. Por influjo del mercado, la poesía dejó de ser rentable. Poco después, el cuento siguió el mismo destino. Si hoy llegaran con su carpeta a una editorial, sin que nadie los conociera, ¿publicarían sus cuentos Horacio Quiroga y Jorge Luis Borges? ¿O se perderían sus obras para siempre?

Este año, en medio de la gran fiesta del libro, el mercado dio otra vuelta de tuerca. Me informan que varias editoriales están reduciendo la edición de novelas.

-Es un año de crisis y en época de crisis las novelas no venden poco -me dicen- Vamos a vender muchos libros de autoayuda.

De modo que empecé a preguntar qué destino tendrían algunas grandes obras de la literatura universal si sus autores fueran noveles en vez de famosos:

-¿Publicarías el “Ulises”, de James Joyce, si el autor fuera desconocido? -pregunto.
-No -me contestan- es demasiado difícil de leer.

-¿Publicarías “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust?
-No, es demasiado largo. Me cuesta mucho vender un libro de más de 200 páginas.

-¿Publicarías “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, si nadie conociera al autor?
-No, es demasiado complicado. Vendemos mejor los libros sencillos.

No sé si será cierto, y en el marco de este comentario tal vez tenga poca importancia. Lo que sí es cierto es que someter la cultura exclusivamente a las reglas del mercado está dañando severamente nuestro patrimonio literario.

En un contexto en el cual cada uno de los actores destaca las responsabilidades de los otros, el libro se transforma en un objeto descartable. El mercado (metáfora que habla de las acciones de muchos seres humanos concretos) está tratando a los libros como si fueran revistas, con una vida útil cada vez más reduc

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