Morir en Buenos Aires

Por Antonio Elio Brailovsky

—No vaya a la Argentina, don Julio —dijo Martín—. No vaya, por favor, que es peligroso. Pero por sobre todas las cosas no vaya a Buenos Aires, que allí la gente se está muriendo por las calles.
No hay nadie que quiera ir para allá, don Julio, todos se están escapando.

La ciudad está vacía, me escriben, y los caranchos, que hace cien años que no se atrevían a acercarse, hoy están posados en los techos de la Catedral, como aquí en Europa hacen las cigüeñas sobre vele¬tas, agujas y pararrayos, en Buenos Aires las aves rapaces están volando en círculos por encima de la ciudad.

Buenos Aires es una ciudad de humo y de silencio. Al principio se oían los llantos amortiguados por la distan¬cia, las primeras muertes que venían del Sur y de los ranchitos dispersos en el largo camino hacia el Riachuelo.

En los primeros días se los escuchó después que el sereno hubo anunciado la medianoche, un rumor de dolores que venía del Sur, arrastrado por la misma brisa suave que esparcía los olores amargos de los saladeros.

De allá lejos, en ráfagas aisladas, fragmentos de un llanto desdibujado, como las luces titilantes de esos mismos ranchitos, vistos desde lo alto del campanario de San Ignacio.

Poco a poco dos sonidos fueron acercándose al centro de la ciudad. Del Sur venía el llanto de los velatorios, avanzando a una cuadra por día por la calle larga de Barracas, concentrado en ella, como si verdaderamente la muerte fuese un cochero incapaz de ir por otro sitio, hasta que en algún momento su camino se dispersa en bandadas y las luces de la madrugada se van expandien¬do como una mancha sobre el agua.

Así como la sangre que los saladeros arrojan al Riachuelo, que al principio sigue un canal recto, como si todavía estuviera en las venas del animal, después se esparce en todas direcciones —como la copa de un árbol, me decía mi padre— y después la lleva el río aguas abajo.

Así llegaba el dolor a Buenos Aires, y los lamentos iban subiendo en la noche; parecían disminuir un poco antes de salir el sol —el único momento del día en que la brisa fresca permitía el sueño— para volver a acrecentarse cuando partiera el cortejo fúnebre, y elevarse aun más cuando se mezclaban los llantos de dos o tres cortejos que se encontraban por las calles estrechas y barrosas de una ciudad que amanecía de luto.

El otro sonido era el de las campanas. Tocaron a muerto las campanas de San Francisco y las de la Merced; tocaron después las de la Catedral, y finalmente era el ruido ahogado de todos los bronces de la ciudad, golpeando al mismo ritmo del jadeo de un hombre, y los campa¬neros golpeaban con rabia, como si estuviesen pegándole a Dios.

En pocos días se unieron el llanto que venía del Sur y el tañido de campanas que salía del centro y juntos cubrieron lo que quedaba de la ciudad.

Y después llegó el ruido de las risas. Por unas noches, todas las calles de Buenos Aires se iluminaron, unas por velatorios, otras por fiestas. Los elegantes descorchaban botellas de champán francés, y los pobres, aguardiente de San Juan.

“Que la muerte nos encuentre alegres”, decían unos y otros, bebiendo hasta el amanecer, cuando salían a emborrachar los caballos de los cortejos fúne¬bres, que se lanzaban, encabritados por el pánico, por el ya conocido camino del cementerio, al que llegaban desbocados, a veces sin cochero, otras habiendo perdido dos o tres ataúdes durante el trayecto.

En las siestas ardientes, persuadidas del fin del mundo, salieron a la calle muchachas desnudas, dispuestas a entregarse al primero que pasara. Y era enorme el jadeo de miles de parejas haciendo el amor al mismo tiempo, quizás por última vez; jadeando al ritmo de las campanas que tañían a muerto, me escriben, y sin mirar los ojos de quien compartía su cuerpo.

También fue el golpe incesante de martillos, clavando ataúdes innumerables, mientras los fabricantes de muebles, los constructores de carros y de botes, los que hacían puertas y ventanas y aun los que labraban imágenes para las i

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