Sobrevolando 100 años de emigración salvadoreña

“Cuando viajo a un nuevo lugar me interesa especialmente leer el libro
que la gente lleva escrito en su rostro”, afirma el escritor valenciano
Manuel Vincent desde Madrid, una ciudad donde el 70% de la población de
4 millones de habitantes se sospecha es migrante.

Los libros que llevan los migrantes dibujados en sus rostros son auténticas enciclopedias griegas, verdaderas poesías llenas de desgracias, abusos físicos y lesiones internas. Con el tiempo, se sanan, pero se vuelven imborrables, se vuelven parte del material básico con el que están hechos los recuerdos.

Según algunos informes, la historia de la emigración salvadoreña arranca tibiamente a principios del siglo XX. En aquellos inicios, el destino era el centro mundial de procesamiento del café, San Francisco, California. Nada despampanante, un par de emigrantes sueltos de aquí y allá, partiendo hacia el otro lado del Golden Gate en busca de una mejor vida, de eso hace ya cerca de 100 años.

En esa majestuosa ciudad de primaveras eternas y asfaltos empinados, hay salvadoreños de 4ª, 5ª y 6ª generación, ellos conforman las primeras generaciones perdidas de salvadoreños fuera de nuestras fronteras patrias.

A principios del siglo pasado, también hubo un ligero cordón migratorio hacia el sur: hacia la zona del Canal de Panamá. El poeta más universal que tenemos nos dejó un crudo y estremecedor poema al respeto. Los eternos indocumentados, dice Roque Dalton en su poema.

Sin embargo, no sería hasta la década de los 60s cuando la emigración salvadoreña empezaría a ser tosca, masiva y profundamente traumática. El destino en esos años era hacia el país que tenemos directamente encima de nuestros hombros geográficos, Honduras.

Emigrar a Honduras no precisó de grandes inventos, muchos salieron a pata, otros sobre dos ruedas, otros empujando una carreta, cargados de maletas rotas y bolsas de plástico, a buscar suerte y fortuna al país bananero de 5 estrellas.

Al final de esa década, Honduras se había convertido ya en el país con más salvadoreños del mundo después de El Salvador.

Las condiciones de vida de los compatriotas en Honduras iban más allá de la infelicidad y las miserias propias de aquella época. En los momentos más álgidos, Honduras llegó a acumular más 350,000 salvadoreños, la mayoría refugiados en condiciones realmente dolorosas.

En esa década también arrancaría otra ola migratoria, y, a diferencia de las otras, ésta cambiaría el destino de todos, o casi todos, los salvadoreños: la emigración hacia los Estados Unidos.

La emigración salvadoreña arranca de Oriente

El paisano Sigfredo Chávez, original de Intipucá, La Unión, no supo el día que arribó a Washington DC, sólo recuerda que había un frío que nunca antes habían experimentado sus carnes. Desorientado, apareció un domingo por la tarde el 19 de febrero de 1967 en el cruce de la 14 y la Irving Street, una zona de Washington que delimitaba el espacio entre ricos y pobres, entre negros y blancos, entre obreros y oficinistas.

A Sigfredo le habían dicho que se aproximara a esa zona, que por ahí había una iglesia que ayudaba a los inmigrantes latinoamericanos. Nadie sabe donde durmió Sigfredo Chávez aquella noche –el New York Times no detalle esa parte en su reportaje. En cualquier caso, Sigfredo Chávez, no se dio por vencido e intentó encontrar la iglesia el día siguiente, esta vez —sin las urgencias del atardecer— tendría mejor suerte (Iglesia del Sagrado Corazón, en Mount Pleasant).

Aquel día gélido, en el interior de la iglesia Sagrado Corazón, en la calle 16 y la entonces Pine Street, NW, había calefacción. El padre John S. Spence, el párroco de la Iglesia, recibió al grupo de latinoamericanos donde se había colado Sigfredo, y les dijo que en menos de 7 días tendrían todos un número de seguridad social para ponerse a trabajar de forma legal.

En cuestión de días, Sigfredo Chávez consiguió su tarjeta de seguridad social, se puso a

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