El discurso de recibimiento de Chávez a Mauricio Funes en Venezuela

Delante de una cuadrilla de cadetes del ejército venezolano, vestidos de rojo, sosteniendo la bandera bolivariana en el Palacio de Miraflores, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, pronuncia unas palabras para su visitante de honor, Mauricio Funes y su grupo: “No es poca cosa …Gabriela Mistral lo llamó pulgarcito de América, pero es el gigante de América …los hijos de Bolívar con júbilo en el alma, en el corazón, te recibimos a ti y a ustedes los hijos de Farabundo”.

En los informativos, algunos medios titulan “Funes aplaude el proyecto bolivariano de Hugo Chávez”: el Alba Petróleo y el Socialismo del XXI, para los de pensamiento conservador, ambos con un alto grado de peligrosidad y destrucción.

Los no tan conservadores, incluida la BBC, titulan la visita del presidente electo de El Salvador a Venezuela “Funes y Chávez hablan de cooperación”.

En la viña del Señor, también existen medios para todos los gustos. En el fondo esto se podría ver como una bendición, pero algunos se pasan.

No hay duda que el hombre fuerte de Venezuela, hijo directo de Amacuro, no se anda con tibiezas a la hora de dar rienda suelta a sus discursos públicos. Dice las cosas como se le vienen a la mente, sin papeles delante, ni teleprompters sofisticados, como aquella vez que mandó a los yankis “al carajo”, seguidamente reafirmando su petición con aquella célebre palabrita maloliente que pasaron en sus noticieros todas las cadenas de televisión del mundo.

Supongo que podemos agradecer que el lenguaje del amigo Chávez no ofrezca cabida para interpretaciones profundas y mensajes ambiguos, elementos, muchas veces, congénitos en los discursos de los políticos, que son unos expertos en enredarse en eufemismos rebuscados que provocan a menudo traducciones variopintas en los colectivos sociales, especialmente, en los medios de comunicación, estos últimos encargados de descifrar, para los que no pueden, los secretos injertados en los discursos de tales dirigentes políticos.

Algunas ideas Chávez las tiene clara en su cabeza. Por ejemplo, gobernar para siempre, un gen que llevan escondido en la sangre los políticos de todas las ideologías. El último en enseñarlo ha sido Álvaro Uribe, el presidente de Colombia.

A diferencia del venezolano, Uribe ha venido sopesando tirarse a la reelección de forma oculta o discreta, como prefieran, todo este tiempo atrás con sus asesores más cercanos. Todo indica a que se va a tirar de cabeza hacia el tercer mandato.

Volviendo otra vez a la visita de Funes a Venezuela, la pregunta que todos los grandes analistas de corte conservador y los renovados independientes se hacen dentro y fuera del país es ¿cuál será la contrapartida que tiene que pagar El Salvador por la cooperación venezolana ofrecida por Chávez?

Algo pedirá Chávez naturalmente: concertar esfuerzos para hacer realidad el sueño de Bolívar, ayudar al convaleciente Fidel Castro, agrandar el bloque económico del Alba, etc., etc., etc.

Sin embargo, no creo que el equipo de Funes vaya a entregar un pedazo de Oriente para satisfacer cualquier otra solicitud mayor que se le puede venir a la cabeza al comandante Amacuro por la ayuda en sanidad y petróleo que quiere proporcionarnos.

Mi sospecha es que se avecina una nueva era en las relaciones con Venezuela y éstas, si se llevan con serenidad y buen juicio, pueden aportar más beneficios que prejuicios para los que pertenecen al pueblo llano salvadoreño.

Mientras tanto, Chávez prosigue solemnemente con su discurso en el Palacio de Miraflores: “el pueblo venezolano se viste hoy de júbilo, no es poca cosa que nos visite el presidente electo, Mauricio Funes, su señora esposa, Wanda Piñate” sin mirar papelitos escritos ni teleprompters sofisticados.

Lo bueno de Chávez es que sus palabras no dan cabida a segundas o terceras interpretaciones aun cuando dice aquello que no es en sus discursos como cuando habla de una tal “Wanda” “Piñate”.

*Miembro de Salvadoreños en el Mundo

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