Envidia de la buena

Por Daniel García-Peña

La toma de posesión de mauricio Funes, como primer presidente de izquierda de El Salvador, me hizo recordar dos conversaciones que sostuve hace ya unos años, con Shafik Handal, el legendario líder del FMLN de El Salvador, y la segunda, con Alfonso Cano, Pablo Catatumbo e Iván Márquez de las Farc.

La primera fue caminando por la Plaza de Bolívar, unos años después del acuerdo de paz en El Salvador en 1992. Le pregunté a Handal, cuándo y por qué la guerrilla salvadoreña había considerado la posibilidad de la salida negociada. Su respuesta fue inmediata: la primera vez que surgió la noción fue como consecuencia de los titulares de noticias provenientes de Colombia, durante el diálogo pionero del gobierno de Betancur. Luego me contó sobre el fuerte impacto que tuvo en la recta final de las negociaciones en su país el proceso constituyente colombiano de 1991. Sentí una extraña mezcla de orgullo y tristeza al pensar que la rica experiencia colombiana les hubiera servido más a los salvadoreños que a nosotros mismos.

La segunda fue en Tlaxcala, México, con los jefes de las Farc, quienes participaban en los diálogos con el gobierno de Gaviria. Sólo habían pasado pocos meses desde la firma de la paz en El Salvador. Pero ya su posición era tajante. La miraban con desprecio y la tachaban de “rendición”, el mismo término con el cual calificaban el reciente proceso de paz con el M-19 y otros grupos rebeldes en Colombia.

Pese a las grandes diferencias entre Colombia y El Salvador, empezando por el tamaño del territorio (50 veces más grande), son muchos nuestros parecidos, entre ellos la violencia. La masacre de 30 mil campesinos en 1932 a manos de Maximiliano Hernández es uno de los pocos eventos en la historia de América Latina que se compara por su grado de barbarie con La Violencia en Colombia que en los cuarenta y cincuenta cobró más de 300 mil vidas. Las 75 mil muertes que produjeron los 12 años de guerra civil en los años ochenta en El Salvador, representan un porcentaje de sus cinco millones de habitantes que equivaldría en la actualidad a 660.000 colombianos muertos.

El Salvador es uno de los pocos países latinoamericanos tan o más conservador que Colombia. Con una derecha tan o más asesina y unas élites aún más pro gringas que las nuestras. No fue, por tanto, nada fácil pactar la paz. Por ello, la llegada del FMLN al poder por la vía electoral, aunque haya sido 17 años más tarde, tiene un inmenso significado histórico que produce envidia de la buena.

Es cierto que la firma no trajo la paz en El Salvador, que la violencia de las maras sustituyó la de los escuadrones de la muerte y las guerrillas, y que el presidente Funes tiene un reto inmenso en medio de un país todavía fuertemente polarizado. Pero hoy, El Salvador se encamina por el sendero del cambio democrático, como la inmensa mayoría de América Latina.

La llegada del FMLN al poder es además prueba de que el camino de paz y democracia por el que optó fue largo pero mucho más efectivo y benéfico que la persistencia en la guerra que tiene a las Farc hoy más lejos del poder que nunca. ¿Qué pensarán Cano, Catatumbo y Márquez?

[email protected]

You must be logged in to post a comment Login