Chiloé

Chiloé es la mayor de las 10 mil islas chilenas esparcidas en el Océano Pacífico; fue el último reducto de los españoles en América; y hace 180 años Charles Darwin, que este año cumple 200 de haber nacido, la visitó dos veces.

Hoy es una preciosa tierra de suaves colinas, llena de leyendas y mitos; famosa por los palafitos que se yerguen sobre el mar sosteniendo coloridas casas y por 14 capillitas que construyeron indígenas chilotes bajo la dirección de Jesuitas y ahora son Patrimonio de la Humanidad.

Sus principales ciudades son Castro y Ancud.

Castro es la capital; ahí pasó Darwin unas semanas y quedó impactado por la pobreza de la gente y por su templo con piso de tablones; parecido al de San Juan Parangaricutiro en Michoacán, al que los tarascos entran bailando y agitando sonajas hechas con latas de cerveza llenas de piedritas.

El principal hotel de Ancud es de madera; y a la entrada tiene una viga donde están grabados algunos versos de la Araucana que escribió el español Alonso de Ercilla alrededor de 1560; y que los niños mexicanos de mi época, debíamos leer y memorizar:

“Chile, fértil provincia señalada

en la región antártica famosa;

de remotas naciones respetada

por fuerte, principal y poderosa.

La gente que produce es tan granada,

tan soberbia, gallarda y belicosa,

que no ha sido por rey jamás regida,

ni a dominio extranjero sometida…”

Para llegar a Ancud desde Puerto Mont, ubicado a unos 2 mil kilómetros de Santiago la capital chilena, cruzamos en ferry el Canal de Chacao acompañados por las piruetas de varios lobos de mar.

Ya en Ancud, a pasos del muelle un hombre vendía enormes jaibas; cuando le pedí cuatro, me sorprendió la alegría de su rostro.

Minutos después entendí su júbilo; nadie ahí compra jaibas por unidad, sino por decena; de modo que me dio 40, feliz de haber vendido de un tirón toda la mercancía.

No fui capaz de desengañarlo; de modo que guisadas por el cocinero del hotel, alcanzaron para invitar a todos los huéspedes.

Mi esposo y yo las cenamos acompañadas de un rico y helado vino blanco, frente a una chimenea de cobre con bastantes leños; y así pasamos la más majestuosa tormenta de nuestras vidas.

Espesas cortinas de agua, relámpagos, rayos y truenos, eran el marco perfecto para releer las observaciones que sobre Chiloé hizo Darwin, en su obra Viaje de un Naturalista alrededor del mundo.

Tenía poco más de 20 años cuando recorrió la isla a caballo, en mula, en bote y a pie.

Y llenó páginas describiendo las constantes lluvias; azules ventisqueros; bosques “incomparablemente bellos”, selvas impenetrables, y lujuriante vegetación que no dejaba pasar los rayos del sol.

“En invierno el clima es detestable; y no es mucho mejor en verano…” escribió.

Y siguió, …“el viento que sopla de continuo es tempestuoso y apenas si deja ver a lo lejos al volcán Osorno, esa magnífica montaña que forma un cono perfecto siempre cubierto de nieve y vomitando torrentes de humo…Cerca hay otro volcán, el excelso Pico Corcovado”.

Como buen sabio relacionó esa erupción de la que fue testigo, con las de otros volcanes en esas mismas fechas; pero en otras regiones del planeta, como Nicaragua.

En Chiloé vivían entonces “42 mil almas…gentes tranquilas, humildes, industriosas… ataviadas con gruesos trajes de lana teñidos de color índigo…los víveres abundan, pero los habitantes son muy míseros porque falta trabajo” apuntó.

Añadió que muchos eran mercaderes que revendían tras numerosos trueques; y que para que pudiera haber prosperidad, habría que cortar cientos de árboles.

Supo que eran cristianos; pero que en ciertas cuevas realizaban ceremonias en las que creían hablar con el diablo.

Y como eran de baja estatura y parecidos a York Minister, –el indígena de Tierra del Fuego que él y Fitz Roy el capitán inglés del buque Beagle habían tomado como rehén en el Estrecho de Magallanes–, dedujo que las dos etnias tenían algún vínculo.

La ciudad de Castro era tan pobr

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