México y El Salvador: Diferencias abismales

Por Ana María Aragonés*

Felipe Calderón visitó al ahora presidente de El Salvador Mauricio Funes, y si algo nos identifica como países es el gran número de trabajadores migrantes y los altos montos de remesas que ambos reciben.

Sin embargo, nos distingue la posición del presidente salvadoreño en relación con la migración, problema que, señaló, va a atender para que “los compatriotas no se sigan yendo a Estados Unidos a buscar el empleo y la seguridad que aquí no encuentran”.

Es decir, que de entrada se plantea detener ese flujo, y no piensa, como su contraparte mexicana, que la migración sea un fenómeno natural que nadie puede parar. Para lograrlo, Funes tendrá que pensar en un proyecto nacional que permita superar los graves problemas de pobreza que laceran a la población, pero no con programas asistenciales, como los que ofreció Calderón: Oportunidades, el Seguro Médico para una Nueva Generación y las estancias infantiles, que han demostrado ser ineficientes para abatir las enormes carencias y por lo tanto los flujos migratorios.

De acuerdo con datos del Banco Mundial (Vega Martínez), los niveles actuales de pobreza son similares a los registrados en los años 90. Alrededor de 53 por ciento de los casi 110 millones de habitantes están en una situación de pobreza por la profunda desigualdad regional y étnica, así como por las diferencias en cuanto al “acceso a la salud, a la educación y a servicios públicos de buena calidad”.

Además, cerca de 24 por ciento de la población es considerada “extremadamente pobre”, esto es, con un ingreso insuficiente incluso para una nutrición adecuada, lo que demuestra que una política de corte asistencialista no tiene la capacidad de modificar los niveles de pobreza a menos que se acompañe de una política integral para el desarrollo, que genere los empleos en número y calidad suficientes que permitan a los trabajadores llevar una vida digna.

Estas condiciones se han reflejado en un incremento extraordinario de los flujos migratorios, sobre todo a partir de la década de los 90, y que no sólo han servido para satisfacer las enormes necesidades de mano de obra del país vecino, sino que con sus remesas han mitigado, en parte, las tremendas carencias de sus comunidades y hogares. No obstante, las remesas tampoco van a lograr revertir los niveles de pobreza, a pesar de que cada vez más hogares dependen de ellas y de la migración, ante la falta de alternativas.

De acuerdo con datos del Consejo Nacional de Población, se ha incrementado el número de hogares que reciben remesas. Para el año de 1992, 6.2 por ciento (270 mil 564), ubicados en localidades rurales, es decir, aquellas que tienen menos de 2 mil 500 habitantes, recibieron 35.1 por ciento del monto total de remesas. Y para el año 2006, estos hogares se incrementaron a 14.8 por ciento (867 mil 232) y recibieron 46.9 por ciento del monto total.

Si comparamos con las localidades urbanas, es decir, aquellas que tienen más de 2 mil 500 habitantes, también los números son muy relevantes, pues 2.9 por ciento de los que recibieron remesas (389 mil 109) en 1992 habían percibido 64.9 por ciento del monto total de las remesas. Para 2006, los hogares se incrementaron a 4.8 por ciento (991 mil 526) y recibieron 53.1 por ciento del monto total de las remesas.

Uno de los datos que reflejan la enorme falacia de las aseveraciones de las autoridades mexicanas cuando señalan que el desempleo es de únicamente 5.6 por ciento es la forma en que se distribuye el ingreso corriente monetario total en los hogares que reciben remesas.

En las localidades rurales, 12.5 por ciento recibieron remuneraciones al trabajo en 1992 y para el año 2006 pasó a 18 por ciento. Si se observa el comportamiento de localidades urbanas, 24.4 por ciento habían percibido remuneraciones al trabajo en 1992 y 29.9 por ciento en 2006. Lo cual muestra, por un lado, cuán manipuladas pueden estar las cifras de desempleo por parte del gobierno, y por el otro se comprende la enorme d

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