¡Remeseros sí, apátridas no!

Por Daniel Joya

Henos aquí, los remeseros, pujando desde la blogósfera para hacer sentir nuestra voz. Henos aquí los un día expulsados por la represión, las políticas económicas neoliberales y el deseo de mantener la unidad familiar.

Enviamos remesas a los nuestros que se quedaron o pensando en nuestro propio retorno. No reclamamos crédito, ni que se nos construyan monumentos que distraigan el entender de las causas reales del fenómeno migratorio.

A los remeseros se nos acusa de no representar lo mejor del producto nacional y que los compatriotas de superior temple se quedaron allá. Se dice en voz baja, al calor de los tragos, que no fuimos capaces de alcanzar la movilidad social que nos permitiese un status decente dentro de los casi veintiún mil kilómetros cuadrados que todavía quedan.

Se piensa que todos somos campesinos de la parte más rural del oriente y que por tanto estamos condenados al destierro, sin derecho ni capacidad de reinsertarnos a la vida civil de El Salvador, en este nuevo milenio. Nunca ha existido ese famoso programa para la reinserción del compatriota nacional regresando de la diáspora.

Si bien es cierto que muchos dejamos colgados los títulos profesionales en las salas de nuestras casas para optar por esta aventura, eso no da crédito a los estereotipos que nos tildan de OKs, indios con pisto, alienados o cuantos peyorativos puedan escurrirse en la masa encefálica de los insensatos. Aquí también hay calidad, necesidad, testimonios de lucha, calor humano e identidad nacional.

Ante nuestro silencio, algunos han sugerido interpretaciones constitucionales y legaloides que nos privan de derechos que el resto de la población goza, como el derecho al voto y el derecho a someternos al escrutinio publico durante los procesos de renovación de las estructuras políticas.

Se estima que los diásporos somos alrededor de dos millones, por hoy solo con derecho a escuchar, musitar desde donde estemos, pero no a votar, dadas las dificultades logísticas e incertidumbres pragmáticas.

No nos explicamos como se nos puede negar el voto directo pero no se cuestiona lo democrático de otros resabios electoreros bajo la fachada de voto indirecto, verbigracia la representatividad por la plancha nacional o la diputación por residuos?

En otras palabras, valemos menos que una supuesta voluntad popular difusa (caso de la plancha) o la suma de votos desperdiciados (sistema de residuos) en cada elección de diputados. Es irónico que los remeseros seamos tantos (no tontos) y no tengamos representación directa.

Es igual de ofensivo, que se nos vea más como recurso que cual pieza substancial del engranaje del país. Por aclaración, nos duele cuando después de topar la tarjeta de crédito para costear el viaje a nuestro suelo patrio, se nos trate cual turistas estafables y esta la vendedora de mangos nos quiera bajar.

Las fronteras la pusieron los imperios para dividirnos y vencernos; de ahí que, en contraposición, el concepto de nación debería cobrar mayor vigencia cuando se habla de los Salvadoreños en el exterior. Desmitifiquemos la figura del hermano lejano y luchemos por la reivindicación del Salvadoreño, donde sea que se encuentre.

¡Remeseros sí, apátridas no!

*Abogado salvadoreño residente en Maryland.

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