Elogio a la cautela presidencial

Por Paul Kennedy

¡Vaya por Dios! En medio de la crisis que está teniendo lugar en Irán, una crisis que podría conducir al país a una terrible guerra civil, el Partido Republicano estadounidense acusa al presidente Obama de mostrarse “apocado y pasivo” por no pronunciarse claramente en contra de la violencia con la que se están reprimiendo en Teherán las protestas de la oposición.

¿No debería ser Estados Unidos, el líder reconocido (y a menudo autoproclamado) del Mundo Libre, el primero en criticar lo que está sucediendo en Irán, donde se arresta a los dirigentes de la oposición, se reprimen violentamente las protestas públicas y se expulsa del país a los periodistas extranjeros? ¿Por qué tanta cautela? ¿Por qué se muestra tan indeciso Estados Unidos, “el país de la libertad”?

Incluso las declaraciones de Obama al respecto de la crisis iraní en la conferencia de prensa del 23 de junio pasado, supuestamente más enérgicas que las anteriores, son, en una lectura más atenta del texto, un modelo de prudencia. A este paso, podríamos terminar oyendo esas palabras tan temidas por los republicanos: tranquilidad y contemporización.

Pero vamos a ver. Hay dos razones -o, más bien, dos niveles de razones- que explican la cautelosa actitud de la Casa Blanca.

La primera es de orden práctico: ¿qué puede hacer en concreto Estados Unidos en Irán? La respuesta es: “nada”. Más que ayudar al país, la intervención estadounidense exacerbaría la situación.

Como señalaba muy atinadamente el senador por Connecticut, Christopher Dodd, lo peor que podría hacer Washington es darle al desgastado Gobierno iraní la posibilidad de decir que se trata de una oposición dirigida desde Estados Unidos, que las manifestaciones multitudinarias se convocan desde Estados Unidos.

Todo estadounidense con un mínimo conocimiento de la historia de su país debería entenderlo. Cuando estalló la Guerra Civil Americana, varios países europeos hablaron de prestar apoyo a los Estados del Norte o de intervenir en defensa del Sur. Pero eso era una pura fantasía. En ese momento, los estadounidenses estaban decididos a dirimir sus diferencias, de la misma manera que hoy los iraníes están resolviendo las suyas, aunque esto les pueda llevar un año, dos, o toda una década. No tiene sentido alguno que el Tío Sam se meta a enfangarse en aguas pérsicas.

Y esto nos lleva al segundo nivel de razones. Pese a sus muchos problemas internos, Estados Unidos cuenta todavía con una inmensa reserva de recursos para intervenir en la mayor parte del globo.

Y no ha dejado de tenerlos desde 1917, más o menos, cuando le tomó la delantera a Europa como centro de la política mundial.

Aquel año intervino, y de forma decisiva, en la Primera Guerra Mundial, y volvió a hacerlo, todavía más decisivamente, en la Segunda.

Pero después de 1945, su estrategia global dio un giro interesante y fundamental. En lugar de ser la última Gran Potencia en entrar en liza (y, por consiguiente, con sus fuerzas intactas), adoptó el papel opuesto.

A partir de entonces posicionaría sus ejércitos en primera línea, a lo largo de las fronteras de la inseguridad, unas fronteras que se habían expandido enormemente después de la guerra: Berlín, el Mediterráneo, Corea, el Sureste asiático. A medida que se retiraban las legiones francesas y británicas, avanzaban las tropas estadounidenses.

Algunos de estos movimientos eran comprensibles (la doctrina Truman, la creación de la OTAN, la intervención en Corea), y otros no tenían razón de ser (las intervenciones en Vietnam, Irán y América Central).

Pero el cambio de estrategia tuvo otra consecuencia, y es que con el paso del tiempo, tanto los estadounidenses como el resto del mundo empezaron a esperar que, en caso de crisis internacional, el lugar donde se tomaran las decisiones, donde sucediera todo, donde recayera toda la responsabilidad fuera Washington.

La idea de que hubiera lugares en el mundo e

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