Christian Lacroix, al borde del abismo pero dispuesto a luchar

PARÍS (AFP) – “Lo único que me revuelve el estómago es el porvenir de los talleres”, declara a la AFP Christian Lacroix mientras da los últimos toques a sus modelos de alta costura, en víspera de la presentación de una colección que podría ser la última del célebre creador de moda francés.

En su estudio, delante de los croquis pegados a la pared, el modista realiza las últimas pruebas. Atento, gira despacio alrededor de la maniquí ataviada con un rendingote de tafetán negro y una falda bordada.

La casa que lleva su nombre fue puesta bajo administración judicial a principios de junio tras haberse declarado en suspensión de pagos. Si no se presenta un comprador dispuesto a continuar su actividad, cerrará a fines de julio, y 112 de sus asalariados serán despedidos.

“Lo único que me revuelve el estómago es el porvenir de los talleres, y no estudio ninguna solución que no salvaguarde la alta costura como nosotros la hacemos”, dice. Fundada en 1987 por Christian Lacroix con financiamiento del grupo mundial de lujo LVMH, la casa fue dirigida sucesivamente por una decena de presidentes hasta 2005, cuando fue adquirida por el grupo norteamericano Falic.

“En 22 años, nos instalamos bien, pero los negocios no acudieron nunca a la cita. Creo que esto se debe a que nunca estuvimos en ósmosis con nuestros accionistas. Yo considero que esta es más una casa de costura artesanal que una gran marca que debe inundar el planeta con productos de todo tipo y logotipos por todos lados”, explica Lacroix.

Y es que Christian Lacroix, polifacético genial que puede decorar un tren, diseñar la tapa de un diccionario o crear un vestuario de teatro con el mismo talento, ocupa un lugar aparte en el mundillo de la moda. “El ‘bling bling’ lo hicieron otros antes, pero lo llamábamos kitsch”, sostiene Christian Lacroix, que no aprecia en absoluto el “lado people” de ese mundo.

“En verano, a mí me gusta estar con mi esposa y mis amigos en el sur oculto, y no delante de los fotógrafos con top-models y millonarios”, señala. “Me equivoqué, siempre estuve contra la corriente. Y sin embargo siempre me encontraba con gente que tenía ganas de ganar dinero muy rápidamente”, lamenta.

Sin nostalgia, recuerda sus comienzos a mediados de los años 80: “En la época, era un tanto extraño reivindicar mis raíces (es natural de Arles, sur de Francia), que no eran parisinas, en un universo que iba a caer en el minimalismo o el gran género parisino. Desde entonces el sur y el Mediterráneo se impusieron, como también el mestizaje y el nomadismo”.

Lacroix declinó, depurándolas, todas esas fuentes de inspiración a lo largo de sus colecciones. “Hoy, la inspiración ha pasado a ser más ligera. Siluetas bastante rectas, sensuales y suaves al mismo tiempo, un toque de elegancia en la espalda, hombros desnudos bajo una tela que los resalta, bordados negro sobre negro. Es un poco como el repertorio clásico de la casa, lo que queda de él, el disco duro”, dice.

Christian Lacroix cedió la propiedad de su nombre en 1987, al ser creada su casa de moda. Para recuperarlo, tendría que volver a comprarlo. “Ignoro lo que cuesta. Por parte de los Falic, no creo que lo cedan fácilmente. Pero mañana, si la situación catastrófica se instala, no valdrá gran cosa y quizá pueda recuperarlo”, afirma.

El martes, unos 200 privilegiados asistirán a la presentación de su colección, para la cual las modelos desfilarán gratis. La tarjeta de invitación es negra y gris. “La invitación refleja la colección, una colección terminada pero que no ha sido hecha en las condiciones habituales. Es como un esbozo, como un dibujo previo a la pintura”.

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