El último grito del espía

Por Carlos Ramírez

La comandancia [del FMLN] reunida en plano mandó llamar a los responsables de Prensa y Propaganda —Ricardo y el internacionalista mexicano Arón-— pero algo sucedió que, cuando estos llegaron, los jefes habían cambiado de parecer.

“A ustedes los veo después”, dijo sin mayores explicaciones el jefe máximo, Ferman, con su acostumbrado tono respetuoso, tras darles una palmada en el hombro a cada uno. Al fondo los demás jefes, entre ellos Eduardo y Pancho conversaban preocupados.

Sucedió entrada la tarde en el filo de una de las lomas ubicadas al oriente de Arcatao, desde donde se apreciaba una imponente vista: a la izquierda La Virtud, Honduras y Villa Victoria Cabañas, Sensuntepeque en el centro y a la derecha Ilobasco y el Volcán de San Vicente.

Los comunicadores regresaron al campamento también localizado en una elevación contigua, a unos 20 minutos de allí, sin sospechar mayor peligro.

Las cosas, sin embargo, comenzarían a cambiar al amanecer. A las cinco de la mañana, durante la formación militar, el jefe de batallón dijo a la tropa que desde tempranas horas de ese día había que estar “ojo al Cristo” porque existían fuertes posibilidades de bombardeo y desembarco.

Y por esas cosas que suceden en la vida, que nadie entiende, ordenó que solo los equipos de PP y de Explosivos se quedaran en la zona, mientras las demás fuerzas fueron replegadas.

¿Será que somos tan pijudos que sabemos lo que está planeando el ejército? ¿Sera que somos tan cachimbones que nuestras fuerzas de inteligencia tienen penetrada a la Fuerza Aérea? Esas eran las preguntas que se hacía al menos Ricardo.

Esas interrogantes comenzarían a tener respuesta solo tres horas después. Al filo de las 8 de la mañana se aparecieron dos aviones A-37 rondando la zona, pero sus movimientos eran erráticos. Con todo, los pilotos dejaron caer varias bombas en los zanjones, cuyas ondas expansivas fueron sentidas perfectamente. Luego se fueron, seguramente decepcionados.

Al final, cuando se conoció la verdadera historia, se supo que no era la guerrilla que tenía infiltrada al ejército sino al revés. La FAES había logrado colar a un “oreja” cuya meta era entregar vivo o muerto al máximo comandante de una de las cinco organizaciones político militares que componían al FMLN, Fermán Cienfuegos.

Según comentó en su oportunidad Raulón, el jefe militar de mayor rango, de la citada agrupación, el espía cuyo seudónimo era “Chele William”, tenía por meta desde hacía siete años, entregar vivo o muerto al comandante.

El Chele era un individuo que sobresalía de entre el resto de combatientes, la mayoría campesinos, por haber estudiado bachillerato; su estatura era promedio, flaco, pelo colocho y ojos enrojecidos. Además, sobresalía por un aspecto y lenguaje que bien clasificaba para el apodo “chivo de la Avenida”.

Entonces ¿qué es lo que pasó? El peligroso espía no logró cuajar sus aspiraciones porque la inteligencia efemeleista ya lo tenía plenamente “cuadriculado”. Por ejemplo, “la población” (gente que vivía en la zona bajo control insurgente) lo había visto varias veces encontrarse y conversar con hombres vestidos de negro, quienes no eran otros que militares especializados pertenecientes a la fuerza llamada “Recondo”.

También compraba cigarros Royal, es decir de los más caros, mientras los demás fumaban Delta o “pate cuche” cuando podían. Además padecía de “úlcera”, lo que, para el oficial que contó la historia, significaba que tenía mucho “stress”.

También había un antecedente: Pocos meses atrás los Recondo atacaron por sorpresa en plena madrugada una casa en la encontraron importante material de inteligencia. En dicha casa estaba el comandante Iván Portillo (Chino Quan), quien salió vivo de milagro con su gente. Por cierto, uno de los diarios manteneros público en primera página que Cienfuegos estaba en el lugar y había muerto. Y todo indica que quien dio esa posición fue el Chele.

Estos y otr

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