Aterrizaje del vuelo de Manuel Zelaya

“No tiene permiso para aterrizar, abandone la zona y salga de inmediato de nuestro espacio nacional” comunicó varias veces, en tono “militar”, la torre de control del Aeropuerto de Toncontín en Tegucigalpa, Honduras, al jet con matrícula YV-1496, propiedad de la 4ª empresa industrial del mundo, Petróleos de Venezuela S.A.

“Usted aterrice como pueda” le habría insistido Hugo Chávez al piloto.

“La pista de aterrizaje está bloqueada por vehículos militares. Presidente, es imposible aterrizar” supuestamente replicó el piloto a Chávez con la sensatez propia de un hombre maduro y experimentado en su oficio.

Un Mel Zelaya, más preocupado y nervioso, decía, en directo, desde un mullido asiento de piel en la tercera fila del avión, a la televisión venezolana Telesur: “Aquí realmente están impidiendo al aterrizaje, están amenazando con enviar aviones de caza de la Fuerza Aérea, hay efectivos militares en la pista, han entorpecido el aterrizaje”.

Según sobrevolaba el avión sobre la pista de Toncontín, abajo en el suelo, los manifestantes coreaban, “¡viene Mel, viene Mel!” y se dirigían a las fuerzas de seguridad amenazantes: “¡Van a ir a la cárcel, traidores!”.

“Presidente, nos queda poco combustible, debemos tomar tierra en menos de 40 minutos” informó nuevamente el piloto a la base militar en Venezuela, donde Chávez aguardaba impacientemente en uniforme, verde frondoso, costura al estilo los hermanos Castros, botas y su boina militar roja intensa.

“Diríjase al Aeropuerto Sandino” habría sido la segunda orden de Chávez al piloto, antes de que el jet pasara por 4ª vez sobre las inmediaciones de Toncontín.

El jet finalmente aterrizó en Nicaragua donde se nutrió de combustible. Ahí Ortega salió al paso a recibir personalmente a los pasajeros del vuelo: Manuel Zelaya Rosales, presidente derrocado de Honduras, su canciller, Patricia Rodas, Daniel D’escoto, presidente de la asamblea general de la OEA y un doctor por si hacía falta.

Una vez en tierra, Hugo Chávez se comunicó por enésima vez con Mel Zelaya. “No has podido aterrizar en tu país, amigo, pero has logrado una victoria moral” le transmitió.

Al piloto le dijo que pusiera el jet en marcha rumbo a El Salvador.

Una vez llegado a El Salvador, Zelaya, sin corbata y con un sombrero de paja sobre su cabeza, hizo una emulación casi exacta de la frase que le costaría la vida al que fuera una vez Arzobispo de Salvador, Monseñor Oscar Arnulfo Romero.

“Soldados hondureños no apunten sus rifles contra sus propios hermanos, en nombre de Dios les pido, les suplico y les ordeno, no repriman más al pueblo hondureño” dijo Zelaya, coreado por los aplausos de algunos jefes de estado reunidos alrededor de una mesa improvisada en el Aeropuerto Internacional de El Salvador.

En ese mismo instante –las 10:05 de la noche del domingo 5 de julio– los señores Morillo velaban el cuerpo sin vida de su hijo, Isis Obed Morillo, cuya cabeza, según la morgue del Hospital Escuela, presentaba una perforación de lado a lado causada por un disparo a corta distancia de un M16.

Isis estaba ahí, con sus amigos del barrio, en las inmediaciones de Toncontín, esperando el aterrizaje de un jet venezolano que nunca llegó a producirse.

Isis se encontró con la bala de frente, después que el soldado cuadrara su rifle y apretara el gatillo. La orden de disipar los manifestantes habría venido desde arriba.

Un testigo dijo a Pablo Ordaz, enviado especial de El País, que “La gente venía hacia atrás, porque ya estaban disparando. Y un militar, un antipatriota, un gorila maldito se cuadró y le disparó al amigo. Le pegó en la cabeza. Aún va respirando. Tenemos esperanza. Dios quiera que viva”.

Isis no sobrevivió. Todavía respirando, su cuerpo fue arrastrado a la heroica por sus amigos en medio del caos hasta llegar a la cama de un camión para ser transportado al hospital. La arrastrada del cuerpo fue demasiada larga como la bala que le había traspasado

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