Bananas


Por Emilio Cafassi
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Los travestis han dejado de cimbrear sus grotescas caderas por el bulevar Morazán de Tegucigalpa. Las noches de la capital hondureña nunca fueron glamorosas.

Pero en los 11 días que ya dura el toque de queda impuesto por el gobierno de Micheletti, Tegucigalpa se ha transformado en una ciudad fantasmal, habitada tan sólo por algunos mendigos y tomada por retenes policiales y militares que apresan a todo aquel que no tiene una buena excusa para andar fuera de casa entre las diez de la noche y las cinco de la mañana(…)

En el estado de sitio encubierto decretado están quebrantados no sólo la libertad de circulación y de asociación, sino también el derecho de habeas corpus, entre otras garantías individuales.

El crimen, obviamente, ha bajado a la mitad. El subinspector Javier Rivera López se muestra encantado con la estadística: «Eso es lo positivo del toque de queda: han bajado mucho la conflictividad y la prostitución«[?]”.

La cita, incluido el signo de interrogación, no proviene de una agencia chavista de noticias, ni de algún periódico de izquierda partidaria, sino del artículo del enviado especial del patricio diario argentino “La Nación” (9/7/09), que sin embargo comparte casi todos los prejuicios y argumentos de la dictadura hondureña respecto a las “peligrosas alianzas” del depuesto Zelaya.

No llega sin embargo al extremo del editorial del diario neoyorquino “The Wall Street Journal” (1/7/09) de considerarlo “un golpe extrañamente democrático”. Se funda en que los militares entregaron “rápidamente el poder al presidente del Parlamento, un hombre del mismo partido de Zelaya”, y que “las autoridades legislativas y judiciales permanecieran intactas”.

En su crítica a Obama (hoy ya ampliada por una fracción significativa de legisladores republicanos) sostiene que se ha posicionado en este asunto “junto a Naciones Unidas, Fidel Castro, Hugo Chávez y otros demócratas modálicos”. Algo seguramente imperdonable.

A la monstruosa descripción ceñida del enviado argentino respecto a la conculcación de todas las libertades civiles, debe añadirse la absoluta censura y hasta ocupación militar de los medios de comunicación, la represión de las manifestaciones opositoras (con muertos y heridos), la militarización plena de la geográfica urbana, rutas y fronteras, los allanamientos de domicilios y detenciones arbitrarias.

Incluso algunas organizaciones populares que logran emitir mails o publicar blogs, hablan de desapariciones, sin que haya confirmaci?n aún. Se trata inequívocamente de un golpe cívico-militar que ha instituido un Estado terrorista más bien clásico y paradigmático independientemente de la supervivencia decorativa de los poderes legislativo y judicial. No hay diferencias cualitativas ponderables con los estados terroristas de los 70 y 80.

Si la magnitud de su criminalidad no alcanza los niveles más aciagos de entonces se debe a la diametralmente opuesta correlación internacional de fuerzas y a la propia debilidad relativa de la resistencia interna, que no exige por el momento mayor brutalidad represiva y costos políticos para la continuidad del régimen de facto. Un patético posfacio anacrónico al libro del golpismo terrorista universal.

Frente a la barbarie, los tiernos bienpensantes de derecha se proponen una quimera.

Sostienen una antinomia con una políticamente correcta y a la altura de los tiempos  condena al golpe, retomando al mismo tiempo el pueril argumento golpista que básicamente se centra en la supuesta “ilegalidad de una simple consulta sobre poder hacer otra consulta posterior relacionada con la convocatoria democrática de una hipotética asamblea constituyente”, como bien critica el catedrático constitucionalista de la Universidad de Zaragoza, Francisco Palacios Romero.

Es recomendable la lectura de sus demoledores contraargumentos en www.rebelión.org.

En la contratapa del último domingo, referí

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