Los Clinton uno y dos


Por Raúl Pérez Ribalta

A la administración demócrata de Bill Clinton le ocupó una parte del tiempo de su presidencia lidiar con la presencia temporal en Washington del depuesto presidente de Haití, Jean Bertarnd Aristide.

Ahora a Hillary Clinton por esas cosas del impredicible destino político le tocó tomar el toro por los cuernos en el caso del derrocado presidente hondureño Manuel Zelaya.

Aristide fue restituido de nuevo en el poder como presidente electo democráticamente en el país caribeño, gracias a los esfuerzos de diálogo, mediación y gestiones diplomáticas del gobierno nortemaericano, la ONU, la OEA y el Departamento de Estado.

Pero con todo y eso el regreso de Aristide tardó más tiempo de lo previsto y entró en un compás de espera bastante prolongado hasta que por fin el militar golpista aflojó la cuerda y en solución negociada marchó al exilio a Panamá acompañado por el ex presidente Jimmy Carter entre otras personalidades.

Lo demás es historia de borrón y cuenta nueva. En Honduras me temo que no pase lo mismo ni sea igual.

No obstante, el caso de Zelaya como presidente electo democráticamente, derrocado por la fuerza y sacado del país a escasos meses de concluir su mandato, no debe sorprendernos.

La democracia como tal en países latinoamericanos sigue siendo débil. Las causas no me importan, los efectos negativos sí, y mucho, sin embargo, a diferencia de Aristide, en su primer exilio en Estados Unidos, el de Zelaya con tantas idas y venidas y vueltas a la capital del “imperio” no deja de sorprendernos tampoco.

En asuntos de esta naturaleza, Estados Unidos, el lobo feroz, parece no ser tan malo como lo quieren hacer ver algunos llaneros solitarios que no aportan absolutamente nada a la solución de la restitución a la Presidencia del personaje hondureño en desgracia. Es todo lo contrario.

Aristide prefirió su primer exilio en Estados Unidos y no Cuba por razones obvias, a pesar del generoso y desinteresado ofrecimiento que le hiciera Fidel Castro en aquel momento, pero el caso de Zelaya, que no va por el mismo camino, tiene parecidos tintes y ribetes que el anteior.

¡Que irnoía!, los Clinton y Estados Unidos paracen ser como predestinaos por las circunstancias a formar parte de la trama y urdimbre de estos dos presidentes derrocados.

A pesar de toda duda razonable, Pilatos, en esta ocasión no se lavó las manos, no es juez, pero forma parte para arreglar el asunto mientras que por ahí se escuchan voces de joropo de los Andes y de guarapo antillano, que acusan al imperio de haber metido pies y patas, logística y razón en el golpe de miel contra Zelaya.

Digo de miel porque comparado al que le dieron a Aristide, los muertos y la sangre de más de uno, desde el mismo instante de la intentona golpista corrieron por las calles de Port au Prince, la capital haitiana.

Zelaya, al igual que Aristide, después de gozar de poder, fama y fortuna de caudal político, es un homeless político con hambre de justicia para reivindicar su casusa. Lo quieren y lo odian en su país, lo protegen y lo defienden en el extranjero.

Nadie es profeta en su tierra y no se por qué extraña razón todas las chifladuras del mundo tiene que pasar por ese binomio de Nueva York, la ONU y Wall Street, y por las diez esquinas de Washington, D.C., para recibir terapia de la CIA, la OEA, el FBI, la Casa Blanca, el Departamento de Estado y del Tesoro, el Banco Mundial, el Pentáono, el FMI y el Congreso de Estados Unidos.

¿Será por algo?
Por algo será. Zelaya no es la excepción, pero ya forma parte de la larga lista de los últimos 50 años de presidentes latinoamericanos y dictadores (que son otra cosa en comparación) depuestos por cruentos golpes de estado.

Una práctica inigualable y siempre latente en nuestra América Latina, incluyendo a una mujer, la argentina María Estela Martínez de Perón, exiliada en España, y la primera (aunque por designaió

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