Una democracia sin honduras

Por Alfredo Prieto*

Los sucesos hondureños, que dominan los titulares de la prensa latinoamericana, constituyen, si algo, una evidencia de las debilidades de la democracia y las instituciones democráticas en Centroamérica, una región caracterizada por una de las distribuciones más polarizadas del ingreso y donde el caciquismo y la cultura de la violencia pululan como lobos alrededor de corderos.

Como se sabe, Honduras se tipifica por tener una de las clases políticas más rancias y conservadoras de la zona –tal vez exceptuando a la de El Salvador–, en el fondo incómoda con la idea de que el tablero democrático implica la aceptación de la voluntad popular manifiesta en las urnas.

Aunque con una izquierda, el Partido Liberal, la base política de Zelaya, no ha tenido nunca demasiada propensión al radicalismo, pero el presidente cometió, entre otros, el pecado capital de realizar ciertas reformas, convocar a un referendo, intentar convertir la tristemente célebre base militar de Palmerola en un aereopuerto civil y alinear al país con los acuerdos de integración del ALBA, que concitaron el rechazo de la plutocracia histórica.

Su reacción extrema –el golpe– denota a las claras la sensación de que les estaban serruchando el piso a partir de los nexos con Hugo Chávez, Daniel Ortega y Fidel y Raúl Castro.

El país, sin embargo, parece estar dividido, aunque la creciente movilización popular en torno al verdadero Presidente sugiere que el apoyo político interno al golpismo está en declive e incluso hoy no incluye a sectores que en un principio respaldaron el zarpazo. La maniobra resultó tan torpe y mal facturada –como esa de la carta de renuncia, calcada “a la venezolana”– que no convenció ni siquiera a sus propios demiurgos. Son como los Borbones: ni olvidan ni aprenden.

En cuanto a las salidas a la crisis, me declaro en el bando de los escépticos. La mediación costarricense, encabezada por uno de los arquitectos de la pacificación del conflicto centroamericano de los años ochenta –es decir, por la neutralización de todo radicalismo– parece apuntar a un previsible callejón sin salida.

Los golpistas no van a salir del poder por esa vía, ni Zelaya será repuesto donde le corresponde por mandato popular. Y enfocar el problema como una reconciliación es otro retroceso. Las sanciones de la OEA no parecen estar surtiendo el efecto deseado más allá de la repulsa regional y aun mundial.

La posición norteamericana es cuando menos poco consistente, presa de contradicciones inter-burocráticas en las que los halcones van por un lado y las palomas por otro.

Honduras es, en efecto, un caso-prueba para quienes quieran estudiar y comprender el carácter no racional-unitario del proceso de toma de decisiones en la estructura de poder de los Estados Unidos en un momento donde la tradición y el cambio pugnan por imponerse.

No se puede legitimar como “presidente interino” a una criatura putativa de los milicos, por un lado, y por otro afirmar que Zelaya es el único presidente legítimo. No han calificado de golpe lo que ocurrió, ni tomado medidas económicas drásticas contra el gobierno de facto, a contrapelo de lo que anunciaron al principio.

Además, no acaba de hacerse claro si la política hacia América Latina constituye o no una prioridad más allá de la retórica en medio de una Cumbre o de las declaraciones de Obama en Moscú.

Más bien queda en pie la idea de que nuestros países constituyen un fardo que se arrastra en medio de una abultada agenda doméstica, de conflictos duros como el iraquí y el afgano, y de las relaciones con Rusia.

Una democracia canija y sin honduras, más la costra dominante, son los mayores handicaps del proceso hondureño.

El golpe constituye un peligroso precedente que, de no ser sacados sus ejecutores de donde están, enviaría una poderosa señal a otras clases políticas conservadoras latinoamericanas, cuya posición ante los cambios de la hora n

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