Quedar en la calle

Por Emilio Cafassi

El desarrollo de la crisis capitalista sigue su curso rampante sin visos de atenuación y mucho menos de reversión. Continúa en consecuencia la sobreproducción no ya de riqueza, cuya manufactura se estanca o decrece, sino contrariamente, de valores de cambio.

Las necesidades insatisfechas y deseos frustrados aumentan tanto como desbordan las mercancías en góndolas y anaqueles comerciales.

Puede configurarse inclusive la ingenua ilusión de la sobreabundancia. Pero lo que sobreabundan son los precios, en igual proporción en que escasean los billetes y saldos solventes capaces de cortejar a las cosas, tanto más cuanto elementales e indispensables sean.

Y así el apetito se escurre en el resumidero de la impotencia hasta que colapsa para inundar la vida entera. La suntuosidad, sin embargo, sobrevive al aumento exponencial de la miseria.

Una crisis capitalista es esencialmente una autodestrucción social, un goce en sentido lacaniano enajenado en el rito de la parálisis y el discurso exculpatorio con altas dosis de inveterada naturalización.

Es la crisis de su especificidad, la que portan los cromosomas que garantizan genéticamente la reproducción histórica en cada formación social y expresan su recurrente sintomatología a lo largo de la historia. Siguen la huella de la repetición.

Acompañan secuencialmente con diversos niveles de amplitud y profundidad el curso del devenir del capital. Comenzaron a ser estudiadas inclusive antes de Marx por un clásico como Sismondi, para instalarse como objeto de estudio en el siglo XX desde Kondrátiev, la tercera generación de marxistas y el propio Keynes, hasta desembocar en los años ´70 en Mandel, Amin, Braverman y Aglietta para mencionar sólo a los más difundidos.

No obstante estas crisis pueden convivir con otras de signo inclusive inverso como las de subproducción de riqueza. Las guerras, las pestes, la destrucción medioambiental que diezman fuerzas productivas (recursos naturales, humanos y materiales), no le son ajenas al capitalismo, sino que han acompañado y acompañan hoy mismo su supervivencia.

Sobreproducción de valores de cambio y subproducción de valores de uso no sólo pueden convivir sino además complementarse en su ensañamiento.

También las crisis políticas despabiladas a la sombra, no exentas de criminalidad en casos extremos como el nazismo, el fascismo, los terrorismos de estado, las teocracias y fundamentalismos, entre tantas otras negaciones de la modernidad política.

Si bien es indisimulable la emergencia y consolidación de una crisis capitalista internacional de las más profundas de la historia, con correlatos de crisis políticas y conflictividad potenciada, aún en un contexto de creciente globalización e interdependencia, su instalación es sumamente heterogénea y sus vectores infecciosos encuentran diferentes resistencias y mecanismos de defensa, según los casos.

Las bifurcaciones son tantas que dificultan la generalización. Sin embargo, aún a riesgo de simplificaciones y con varias excepciones al interior de la seguidamente precaria delimitación, es posible reconocer una profundización de su penetración y consecuencias, si dividimos el globo verticalmente hacia el oriente y transversalmente hacia el norte.

Aunque con puntos ciegos (China e India lo son claramente) el epicentro está en la región noroccidental, respecto a nuestra ubicación.

Mi hipótesis es que allí dónde la implementación acrítica del neoliberalismo ha tenido lugar, donde la aquiescencia ante la reproducción ampliada del capital financiero y de la mera circulación tuvieron lugar, la crisis, tanto económica como política, cala más hondo y se transfiere inmediatamente a los más vulnerables segmentos sociales.

Inversamente, aquellos que lograron en el último tiempo realizar cierto giro más desarrollista, aún social-liberal, y armar cierta malla de contención social, logran atenuar sus devastadores efectos. Espa

You must be logged in to post a comment Login