Vasconcelos

No quiero que termine el mes de julio sin unirme aunque sea con estas líneas, al recuerdo de José Vasconcelos por el 50 aniversario de su muerte.

Conocí a Vasconcelos desde mi infancia, porque era muy amiga de Teresa, una de sus nietas; y le decíamos simplemente Pañito.

Y aunque estaba lejos de darme cuenta de su importancia en la vida nacional, y sentía rarísimo cuando en el colegio alguna maestra hablaba de él como Vasconcelos, sin colocarle el don José o el señor, como se hacía al referirse a los padres o abuelos de otras alumnas, sabía que había mandado editar los libros verdes de las Obras Clásicas que mi papá tenía en su biblioteca.

También estaban ahí sus clásicos infantiles, que me leí de cabo a rabo; y cuando hace unos años la SEP los reeditó, compré varios para regalarlos a niños que me rodean.

Los sábados, Vasconcelos recibía intelectuales y políticos a comer; y en esas comidas organizadas por su hija Carmen, inteligente y encantadora mamá de mis amigas, surgían interesantísimas charlas.
Y lo bueno era que al revés de lo que pasaba en otras casas, –como la mía por ejemplo–, se permitía como la cosa más natural del mundo que los niños asistiéramos y participáramos; porque Vasconcelos sostenía que había que estimular los conocimientos y el pensamiento sin importar la edad.

No por nada a iniciativa de Germán Arciniegas, los estudiantes colombianos lo habían nombrado más de tres décadas antes, en junio de 1923, Maestro de la Juventud de América.

Del Pañito me divertía que por más esfuerzos que hiciera, por mas burlas de las nietas y fuera a donde fuera, siempre se le asomaba por un botón semiabierto de la camisa arriba del cinturón, un mickymouse impreso por la fábrica en las camisetas que usaba.

Siendo niñas, Vasconcelos nos platicaba mil cosas interesantes; nos llevaba a sencillos restaurantes de comida riquísima; y nos sentíamos elegantísimas con las “Medias de Seda” de color de rosa y con muchas cerezas, que nos pedía.

Odiaba los restaurantes de moda y los de carne; de estos decía, que donde comenzaba el olor a carne asada, empezaba la barbarie.

De adolescentes, nos llevó a la fiesta de 15 años de la hija de un marchante al que compraba pescado en el Mercado de San Juan; aún recuerdo como bajaba del techo la quinceañera en un columpio con flores entre nubes de hielo seco; quedé tan maravillada, que pedí a mis papás una fiesta igual. Casi se murieron.

Nos invitaba a ver películas a las que mi familia por nada me hubiera llevado, como El Renegado; y nos aconsejaba que tuviéramos novios “blancos y guapos, para mejorar la raza”.

Cuando empecé a leer los libros de su autobiografía, me fascinaron su apasionamiento político y sus muchos amores; sobre todo con Adriana y con Antonieta Rivas Mercado; cuyo suicidio en la catedral de Notre Dame en Paris, lo marcó hasta el final de sus días.

Los domingos nos prestaba su coche con la condición de que lo pasáramos a dejar a casa de su hijo Héctor, entonces muy pequeño y al que adoraba, y que vivía con su madre la insigne pianista Esperanza Cruz no muy lejos de la casa que Vasconcelos compartía con su hija Carmen, su yerno Herminio Ahumada y los nietos.

De Héctor me hice después amiga y me ayudó muchísimo con ideas y contactos para hacer un extenso y buenísimo reportaje para el programa Hoy Domingo, que Jacobo Zabludovski tenia en Telesistema Mexicano y del que yo era reportera.

Sin su ayuda, no hubiera podido entrevistar a gente como Alejandro Gómez Arias y Manuel Moreno Sánchez, dos de las figuras más importantes en la lucha por la autonomía universitaria; al expresidente de México, Emilio Portes Gil; a Jaime Torres Bodet; al político peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, muy cercano a Vasconcelos en su juventud; al cubano Juan Marinello; al colombiano Germán Arciniegas; y al chileno Pablo Neruda, entonces embajador en Francia y que recordó que cuando era “un joven y pobre poeta desconocido viviendo en un pueblecito del sur de Chile“, recibió por correo los libros de la UNAM e

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