Finlandización

Por Lluís Bassets

Este viejo vocablo de la Guerra Fría, con el que se designaba la peculiar posición de Finlandia respecto a la Unión Soviética, vuelve a tener sentido para los países que un día formaron parte del glacis soviético y ahora forman parte tanto de la Alianza Atlántica como de la Unión Europea.

Puede ser una exageración, pero es exactamente lo que piensan los firmantes de la carta abierta, sobre la que ya escribí ayer, y dirigida a Barack Obama por parte de un nutrido grupo de ex presidentes, primeros ministros y ministros de estos nueve países que quedaron separados del continente por el ‘telón de acero’ y ahora siguen sintiéndose un caso aparte, temerosos del despertar del oso ruso que les ha dominado históricamente.

Estos dirigentes ya jubilados se sienten decepcionados respecto a Rusia, pero también con la protección que les ofrece tanto la UE como la OTAN. Consideran que la primera no acepta plenamente su independencia y su soberanía y tiene una actitud revisionista, “con una agenda del siglo XIX y unos métodos y tácticas del siglo XXI”.

Según su texto, Moscú rechaza que estos países reivindiquen una experiencia histórica propia, sostiene una posición privilegiada en cuestiones de seguridad y libra una guerra económica oculta y a veces abierta contra ellos.

Esta enorme prevención antirusa se acompaña de reproches a la OTAN por su debilidad y su incapacidad para asegurar la defensa europea y a la UE por su peso hegemónico entre las instituciones europeas, hasta el punto de que “nuestros líderes y funcionarios gastan más tiempo en las reuniones de la UE que en las consultas con Washington”.

El americanismo de los firmantes de esta carta es profundo y razonable, conociendo sus sufrimientos históricos. Hablan de nerviosismo en sus respectivos países en relación a la nueva política exterior norteamericana. “Nuestra región sufrió cuando Estados Unidos sucumbió al realismo de Yalta y se benefició cuando Estados Unidos usó su poder para luchar por los principios”, señalan.

Por eso quieren asegurarse, ahora que regresa el realismo a la Casa Blanca, que no se harán “concesiones incorrectas a Rusia”, que conducirían a una “neutralización de facto de la región”, es decir, a la finlandización temida aunque todavía no nombrada.

Piden siete cosas, casi todas ellas lógicas e incluso convenientes para el conjunto de los países miembros. Por ejemplo, que se estrechen las relaciones entre Europa y Estados Unidos y este último se reafirme en su vocación como poder europeo; que la OTAN renazca como principal vínculo de seguridad como única garantía militar creíble; que se avance en la política exterior y de seguridad común de la UE, en estrecha coordinación con Washington; que se reformulen las relaciones entre la OTAN y Rusia, de forma que el diálogo con Moscú se realice desde una posición atlántica coordinada; o, finalmente, que se avance en una política energética europea y transatlántica.

Más discutible es el apoyo que prestan al escudo antimisiles a instalar en Polonia y Chequia, inevitablemente condicionado por los deseos de parar los pies a Moscú. Y del todo discutible es su última reivindicación, en la que enseña la patita el orgullo herido de estos dirigentes tan amigos de Estados Unidos: se trata del ‘factor humano’, dicen, y se refiere al régimen de visados: “Es incomprensible que un crítico como el activista antiglobalizador francés José Bové no necesite visa para Estados Unidos y en cambio el ex activista de Solidarnosc y Premio Nobel de la Paz Lech Walesa sí”. Quizás éste es el punto de la carta de más rápida y sencilla resolución desde la Casa Blanca.

Pero no es la única incongruencia de la posición política que representan. Estos países apoyaron mayoritariamente a Bush en su guerra global contra el terror, algunos aportaron soldados a la guerra de Irak y otros incluso cárceles secretas y complicidades en la atroz política de seguridad practicada por la administración republicana.

Ah

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