Mel Zelaya de presidente de la república a vigilante fronterizo

Si me permiten la ironía dentro de lo trágico de los hechos, lo de Honduras empieza a desvariar tristemente hacia el género de culebrón venezolano. Digo venezolano, aunque también podría decir mexicano, colombiano, argentino, o mencionar cualquier otro país especialista en producir esos grandes melodramas latinoamericanos que normalmente se ven por la televisión de lunes a viernes a partir de las 6 de la tarde.

Si hacemos a un lado la seriedad del asunto, queda demostrado que, al igual que el amor, la política también es extremadamente apasionante y, en Honduras, ofrece todos los elementos de súper culebrón, capaz de batir altas audiencias.

Don Mel Zelaya, ahora deambula de un lado a otro de la frontera entre Honduras y Nicaragua con un jeep a modo de caballo, intentando introducirse, por algún hueco suelto, en las entrañas de su amada patria. Lo acompaña un puñado de periodistas, ansiosos de reportar el último capítulo.

Don Manuel se ha instalado de forma permanente en El Paraíso, donde atiende de forma regular, con su inconfundible sombrero ganadero, a amigos, prensa y medios de comunicación nacionales e internacionales.

El otro gran protagonista, Roberto Micheletti –el equivalente a nuestro Ciro Cruz Zepeda, quien es capaz de sacarle leche fresca a una piedra– encima de su esponjoso asiento presidencial, da instrucciones a todas las legiones hondureñas para que impidan a toda costa el intento de auto repatriación de Zelaya.

Desde el confort del palacio presidencial en Tegucigalpa, Micheletti, llevando al límite las contradicciones propias del ser humano, insiste en que “Zelaya tiene 18 causas pendientes con la justicia”, entre ellas se le acusa de “traición al pueblo hondureño”, pero, por otro lado, el Sr. Micheletti le impide a Zelaya tomar contacto con la tierra en la que, presuntamente, se cometieron los crímenes y donde se le busca para ser juzgado.

Es como si a un criminal fugitivo se le impidiera volver a la jurisdicción competente para ser juzgado por la ley. Eso también podría constituir un acto criminal. En la jerga legal, se le conoce con el nombre de “obstrucción a la justicia”: impedir que a un criminal se le aplique la ley.

En esta semi novela, cada cual interpreta los hechos torciendo realidades.

“No tengamos miedo, vamos por reformas sociales, vamos por la presidencia de Honduras y la expulsión de los golpistas” le responde Zelaya a Micheletti en tono casi electorero desde su campamento en El Ocotal, el pueblo fronterizo de la hermana república de Nicaragua, cerca de El Paraíso.

El tercer gran protagonista de esta terrible historia en la democracia hondureña es el hijo de Amacuro, el indomable hombre de la patria grande, el fiel y leal profeta de Bolívar, el actual, próximo y por siempre recordado presidente de Venezuela, el Sr. Hugo Rafael Chávez Frías.

El papel del benemérito, más que de financista, es el de mentor, el papel que mejor encarna, aunque él, totalmente convencido de ello, lo niega rotundamente. Dice que sólo es un “humilde servidor de las causas sociales olvidadas por los gobiernos oligarcas latinoamericanos.” Lo bueno o lo peor, como quieran verlo, es que, en esto, efectivamente el ex coronel sudamericano tiene toda la razón.

“Mi alegría no es ni puede ser completa, sabiendo a nuestra hermana Honduras en tinieblas” dice Chávez indignado desde el Palacio de Miraflores en Caracas a su pupilo Mel, mientras pone todos los recursos disponibles del gobierno de Venezuela para que Zelaya no desmaye ante el “golpe de Goriletti y sus amigos auspiciado por el imperio”.

Lo inverosímil del pariente de Amacuro es que es capaz de utilizar un lenguaje extraordinariamente elemental que no precisa de segundas interpretaciones y al mismo tiempo reproducir una de las citas más célebres del general Morazán para enaltecer los ánimos al atardecer.

“Si nos colocamos entre la humillación y la guerra, elegiríamos siempre el último partido, aun cuando tengamos la certe

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