Las dos décadas pérdidas en El Salvador

Por Daniel Joya

Nos dieron el cuento de “Alfredo Cristiani, Presidente de la Paz” y muchos lo creyeron. Lo que los medios olvidaron fue que el flamante presidente, antes de viajar a Nueva York manifestó que no estaba dispuesto a negociar con la guerrilla.

Solo bajo presión de la comunidad internacional, producto de una gestión diplomática muy bien sistematizada y la presión político-militar interna fue como se pudo doblar el brazo a la derecha, para que a regañadientes firmara los Acuerdos de Paz. Ellos no abrieron la puerta al FMLN, así que el nuevo gobierno no les debe nada.

Premiaron a los asesinos, con dinero y retiros millonariamente dignos y algunos de sus personeros, como Emilio Ponce y el “Chato” Vargas todavía tienen la desfachatez de presentarse en público, haciendo apología de sus fechorías.

Mientras tanto, seguimos en espera de que alguien responda por los miles de muertos y desaparecidos que el Alto Mando de la Fuerza Armada y direcciones de los antiguos cuerpos de seguridad decidieron eliminar. Para ellos eran estadísticas aceptables dentro del plan contrainsurgente, para nosotros luto, seres queridos que perdimos.

Luego, para cauterizar cualquier indicio del reinado de terror, que les vinculara a desfalcos y fratricidios, atrincheraron a sus gendarmes en la Corte de Cuentas, Fiscalía, Corte Suprema de Justicia, y en el más aberrante de los casos, impusieron a Ciro Cruz Zepeda como presidente de la Asamblea Legislativa.

Se robaron los bancos, saquearon la hacienda pública, privatizaron todo lo que pudieron, quedándoles pendiente solo las carteras de salud y educación. Fue la lucha popular, especialmente el coraje del STISSS y SIMETRISSS, lo que presentó “una férrea barrera contra el choque de ruin deslealtad”. Ahora las empresas otrora rentables al estado están en manos de consorcios internacionales, a quienes importa un bledo nuestro bien común.

Dolarizaron, según el ministro Manuel E. Hinds, artífice de la iniciativa, para contrarrestar la volatilidad financiera y eliminar las trabas que la conversión de divisas implicaba a la inversión extranjera. Lo que no se previó, y si acaso fue considerado como efecto secundario, les valió un pepino, fue el efecto inflacionario en la vida diaria de los Salvadoreños.

La disparada de precio en bienes y servicios no fue acompañado con medidas paliativas, como el aumento al salario mínimo. De un día para otro, las cosas subieron un 125% o más, en una economía plagada por el desempleo y en el mejor de los casos por empleo informal.

Trajeron las AFP, nos recetaron un IVA excedido, corrieron sin mayores miramientos laborales y ecológicos a firmar el Tratado de Libre Comercio, poniendo todo su empeño en modernizar y globalizar las finanzas domésticas. ¿Cómo podremos agradecer sus esfuerzos por maquillar las cifras macroeconómicas a costa de profundizar las desigualdades microeconómicas, que al final se traducen en disminución de la capacidad de compra, en reducción de la canasta básica de nuestras familias?

Siguieron, siguieron y siguieron, con reformas y decretos para perpetuar la impunidad y leyes para hacerse más ricos, en tanto que nos obligaban a emigrar mediante persecución política y económica.

Después reatacaron, persiguiéndonos hasta en el último rincón de la tierra, cargando un impuesto de cuatro centavos por minuto a cada llamada telefónica de la diáspora. Según ellos para general 80 millones de dólares que servirían en el equilibrio del presupuesto nacional, pero que en realidad costearían un sin número de plazas fantasmas de sus allegados y plumíferos.

Estos fueron los veinte años de Arena, dos décadas pérdidas que ahora debemos enterrar con nuestro trabajo diario, luchando por reconstruir un país que al fin emerge de las ruinas de la guerra fría, la represión política y el neoliberalismo.

Ahora el asunto es dejar las lamentaciones y seguir adelante… no sin antes abrir los ojos ante cualquier intento por imponer la

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