Amor, política y medios de comunicación

Por Barbara Probst Solomon*

Al ser escritora, y no política, voy a pasar por alto las evidentes connotaciones políticas que conlleva el hecho de que Mark Sanford, gobernador de Carolina del Sur, desatendiera sus obligaciones como tal al no informar a su equipo de su paradero cuando estaba con su “querida amiga”.

En este texto me centraré sobre todo en cómo retratan los medios a las mujeres al airear escándalos sexuales. Ya llevo algún tiempo pensando en qué pasará cuando, en nuestra cultura de entrometida transparencia, los medios saquen a la luz una aventura extramatrimonial de una de las mujeres que ya comienzan a ocupar importantes puestos políticos en Estados Unidos.

¿Es éste el escándalo que nos aguarda? ¿Estamos preparados para afrontarlo? Sí, ya sabemos que los republicanos son hipócritas y que sus “valores familiares” no eran más que una argucia política para reconfortar a sus bases. Sí, deberían disculparse por haber arrastrado prácticamente por el fango a Bill Clinton y también por el innecesario sufrimiento que ocasionaron a Monica Lewinsky.

Pero también sabemos que la mayoría de nuestros más grandes presidentes -entre ellos Roosevelt, Eisenhower y Kennedy- no habrían pasado la prueba de la fidelidad (al morir, Roosevelt se encontraba con Lucy Mercer, su amor durante muchos años; Kaye Summersby estuvo junto a Eisenhower durante sus campañas militares de la II Guerra Mundial; John Kennedy tuvo docenas de amantes… y todos sabemos demasiado sobre Bill Clinton y Monica).

Sin embargo, este año, mientras uno tras otro, como los diez negritos, los políticos (más los republicanos que los demócratas) se han ido hundiendo públicamente en la ignominia al revelarse sus sórdidas gestas, generalmente con sus dolientes esposas al lado mientras ellos balbuceaban su mea culpa, la “otra mujer” —o el “otro hombre” si la pareja era gay— suele aparecer también como un sórdido personaje.

En consecuencia, las mujeres se han visto retratadas o bien como esposas-víctima de un político, o bien como lascivos y condenables objetos de interés del político en cuestión.

De manera que, aunque hemos colocado a las mujeres en posiciones políticas de primer orden, exigiéndoles al mismo tiempo que se sometan a costosos remodelados estéticos para no quedarse atrás frente a las presentadoras de televisión, que se pongan la ropa adecuada y luzcan accesorios de calidad, y que sean tremendamente espabiladas —ambién les permitimos que sean madres y tengan hijos—, los medios de comunicación otorgan a esas triunfadoras de la política un peculiar y asexuado papel maternal: no se les permite salirse de su territorio, puesto que, hasta donde sabemos, todas las correrías las han protagonizado hombres.

Y en esto apareció el gobernador Mark Sanford. La prensa hizo su agosto informando de que su querida, María Belén Chapur, era una argentina de muy buen ver. (En el frío norte siempre nos imaginamos que la sexualidad de nuestros vecinos meridionales no deja nunca de estar en ebullición.

En estos mismos días, Sonia Sotomayor, la nueva magistrada del Tribunal Supremo, una mujer de origen puertorriqueño bastante seria, ha sido calificada por algunos estrambóticos conservadores republicanos de “terrorista latina”. ¡Ay, esa sangre latina!). Ahora bien, ¿es realmente apropiado calificar a María Belén Chapur de querida?

A mi modo de ver, es ésta una herrumbrosa palabra que, más propia de la corte de los reyes franceses o de una novela de Émile Zola, resulta absurda cuando se utiliza para calificar a una mujer económicamente independiente.

¿Acaso diríamos que Sanford es el señor de María Belén Chapur? La argentina ha estudiado en Oxford, habla cuatro idiomas, está divorciada, tiene dos hijos y es experta en materias primas de Bunge & Born.

En realidad, de no ser por el desafortunado detalle de que Sanford está casado, habría sido lógico que los dos formaran pareja, puesto que tienen intereses comunes y cada uno su propi

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