Funes y los fallos de comunicación

“En casa del herrero, cuchillo de palo” dice el dicho. No sé si el dicho es aplicable o no al gobierno recién instalado en El Salvador. Veamos.

El Presidente de la República de El Salvador, Mauricio Funes, lleva escasamente 70 días en el puesto y se le acusa públicamente de varios defectos graves, entre otros, de no tener una política de comunicación efectiva, de altura, acorde con su larga y brillante trayectoria como periodista y comunicador social.

No ha habido la típica luna de miel de los 100 días.

A excepción de algún matutino pequeño, todos los medios han criticado “en vaca” la actitud de la administración Funes hacia la prensa y hacia los medios de comunicación, sobre todo, después de las declaraciones del jefe de estado en las que dijo “Si ha habido golpes, lo lamento,” en referencia a un supuesto altercado en la Catedral Metropolitana de San Salvador entre miembros del pelotón de la seguridad presidencial y los periodistas ahí presentes que intentaban arañar al mandatario alguna pregunta.

En el fondo, de lo que se le acusa al presidente Funes, desde los medios, es de dar poca información y de no conceder un alto grado de libertad a sus ministros para transmitir información detallada sobre sus propias áreas de competencia. Al jefe del ejecutivo se le acusa de centralizar la poca información hasta ahora divulgada sobre el manejo de la cosa pública.

A Funes también se le acusa de volverse un pez escurridizo a la hora de intercambiar información con los medios en esquinas, rincones y espacios improvisados antes o después de los actos formales programados a los que acude.

Es decir, el Sr. Funes parece que no permite, o no está acostumbrado, que se practique con él el denominado “safari periodístico”, o lo que es lo mismo que se le venga encima una avalancha de periodistas descontrolados con aparatos de imagen y sonido de distintos tamaños, dispuestos a arrinconarlo con una retahíla de cuestionamientos incómodos.

Al ser humano no le gusta que se le cuestione y, al igual que el resto de los animales, tampoco le gusta que se le arrincone, menos si ostenta un cargo tan importante como es el de estar al mando de una nación.

He correteado alguna vez detrás del Presidente Funes y conozco en carne propia el remolino humano que se forma a su alrededor. El periodismo de calle es un trabajo de gladiador, hay que codearse entre la multitud y el caos. El gentío que se forma para poder colar una pregunta es impresionante.

Más allá de los roces y del vocabulario pomposo, “el periodismo safari” o las famosas “entrevistas emboscadas”, en espacios informales e improvisados, son una norma, casi una obligación, en regimenes libres y democráticos. El Presidente Funes y su equipo de comunicación deben hacer un esfuerzo mayor en la disponibilidad, la apelación y la resistencia para responder las preguntas por parte de los medios allá donde puedan, sobre la marcha, en momentos de escapada, en lugares espontáneos o en la estricta sala de prensa en casa presidencial. Es una regla democrática de los países libres.

Podemos estar de acuerdo en sospechar que el grueso de la prensa nacional está jugando un papel de doble moral, donde antes se permitía y se consentía ahora se regaña y se cuestiona. También podemos diferir en que se trata de una estrategia planificada de parte de los medios de comunicación para desestabilizar al nuevo gobierno.

En este caso, si me lo permiten, prefiero estar de acuerdo.

En cualquier caso, de lo que sí podemos estar seguros, es que el cambio de gobierno que comanda Mauricio Funes también ha provocado un cambio “carambola” en la prensa nacional.

La prensa, ahora con la victoria de la izquierda en El Salvador, ya no se muestra dócil, sumisa o servicial en su papel de perro guardián ante el poder. Ha habido un cambio en el gremio periodístico, ahora se hacen duros cuestionamientos e inspecciones a fondo sobre aquellos personajes que ejercen y diseñan las altas políticas públi

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