La inquisición moderna

Por Omar Guzmán Cruz *

Ya no se queman vivos a los disidentes, libre pensadores, a los que cuestionan los dogmas religiosos, la hoguera es un horrendo recuerdo del pasado, ya no se hacen encarcelamientos domiciliarios por discrepar con la autocracia religiosa, el puño y peso de las doctrinas, ya es más liviano, ya no se persigue o queman libros antirreligiosos.

¿O quien sabe? Talvez suceda y tengo que indagar para no generalizar y concluir erróneamente. Ahora existe la resistencia y al que cruza las líneas definidas impuestas por ciertas religiones, puede ser llamado “infidel”, apostata, o traidor y corre el riesgo de ser expulsado, ex-comunicado y tratado como un “bicho raro, producto de los demonios.”

En la actualidad el ser humano que se aparta de aceptar los dogmas, el adoctrinamiento cristiano, la divinidad de Jehová y Jesús, la santidad de Mahoma, la supremacía y existencia de Alá, la esencia y magnificencia de las deidades es visto con desden, cómo un parasito maligno producto dubitativo de la existencia y se somete al riesgo de ser ultrajado verbalmente, mancillado con palabras soeces, fustigado con malas miradas, en ciertos casos ultrajado físicamente.

La inquisición moderna dicta que el que se aparta de los “apriscos espirituales” esta bajo los designios y artimañas arteras de lo inicuo o esta en las garras de Satanás. “Producto del diablo” dirán algunos, “éste no deja que la fe lo ilumine pues les pone una venda bien ceñida que no permite penetrar la luz inequívoca de la verdad” dirán otros, por tal motivo se invalida nuestro intelecto.

Es muy conocido: para ser exactos y quede claro los “no creyentes” también creen, pero ya no se atan, ni se dejan ser atados o manipulados por las ligaduras de la religión, ni por las verdades que son muy diseminadas cómo algo tan axiomático comparable al aire que respiramos.

Las ondas electromagnéticas y de sonido que plagan el universo aunque estos elementos son invisibles, pero tangibles no se pueden negar y en estos si creemos rotundamente algunos ateos, el “no creyente” cree en la ciencia, en otros asuntos morales y reglas bien definidas y propias sin la necesidad de aceptar o regirse por “un supuesto creador o una deidad etérea.”

Los “no creyentes”, algunos mejor conocidos con el sinónimo espeluznante de ateos que ya no aceptan la existencia de seres divinos adquieren creencias palpables, tal cómo el valor humano, el amor a si mismos y a su prójimo sin tener que recurrir a dar cuentas a un “Dios”.

Ya no se dejan manipular que hay una recompensa en el cielo o una sentencia infernal que los consumirá al morir, dejan de creer en paraísos utópicos, en nirvanas, reencarnaciones, raptos hacia el cielo o resurrecciones.

Por supuesto que así cómo existen ateos con altos principios y valores, también los hay con conceptos decadentes de respeto a los valores y principios que deben regir a todo ser humano, creyente, no creyente o ateo.

¿Qué valor tiene creer en Dios y practicar la maldad y el odio? ¿Qué útil seria decir que uno ama a Dios pero con sus actos destruye sus creencias y se contradice? Las mismas preguntas son aplicables a aquellos que profesemos ser ateos.

El ser humano ya tiene milenios de buscar la verdad, la humanidad esta plagada de diferentes religiones, filosofías, teologías que tratan de controlar, o conducir el comportamiento de sus componentes; y tal parece que continuara en lo mismo por unos cuantos o una buena cantidad de milenios más.

Lideres eclesiásticos dicen amar a “Dios” y obedecer sus mandatos pero sus hechos dejan muchísimo que desear, lideres políticos que profesan ser cristianos o de alta espiritualidad muestran con sus intereses mezquinos lo contrario cuando abogan por incinerar un mandamiento el cual es criminalizado por las mismas leyes que ejecutan: NO MATARAS.

Es preferible a mi criterio ser ateo y amar a nuestra o nuestro semejante, ir tras la paz a cada instante, que tener un co

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