Anita Alvarado, la “Geisha” chilena que logró redimirse

Por Rafael Croda, Corresponsal

Santiago.- Anita Alvarado, una ex prostituta chilena que cobró notoriedad nacional cuando se enriqueció a costa de su marido japonés, es ahora una esforzada madre de familia cuyo principal orgullo es haber dejado atrás la profesión más antigua del mundo.

Aquí en su país todos la conocen como la “Geisha chilena” por haber ejercido la prostitución en Japón, de donde regresó convertida en una excéntrica millonaria que compró empresas de todo tipo y que construyó una mansión inspirada en “Lo que el viento se llevó”.

La “Geisha” es temida en Chile por su temple y aguerrido carácter, un par de cualidades que en su momento le permitieron mandar al diablo a la Yakuza (mafia japonesa) y sobrevivir a las golpizas de su marido, Yuji Chida, quien compró su amor a base de yenes.

“Yo no lo quería, pero su dinero resolvía mi vida, la de mis hijos y la de mi familia, por eso lo acepté y acepté sus humillaciones”, dice ahora Anita, una mujer de origen muy humilde que vivió una dura niñez y que fue madre por primera vez a los 16 años.

A Yuji Chida lo conoció en un prostíbulo en la ciudad japonesa de Aomori y un día después la invitó a un lujoso restaurante, donde, sin más, le regaló un maletín repleto de yenes en efectivo, algo así como 100 mil dólares, los cuales envió de inmediato a su familia a Chile.

A partir de ese momento, Anita, quien ahora tiene 36 años de edad y es una mujer atractiva desde sus grandes ojos negros y su transparente esencia de barriada, se sumergió en una vorágine de violencia, dinero a manos llenas y desesperanza.

Chida la sacó de trabajar en el prostíbulo a las dos semanas de conocerla, la llevó a vivir con él y la abrumó con costosos regalos de todo tipo, desde ropa de marcas hasta joyas.

Ella sabía que Chida era la llave para salir de la pobreza y asegurar el futuro de sus hijos y su familia, que había dejado en Chile, pero que el precio sería alto, ya que el japonés, jefe de finanzas de una cooperativa de vivienda en Aomori, era un inseguro machista golpeador.

La “Geisha” decidió regresar a Chile tras una golpiza de Chida que la mandó tres días a un hospital, y él, en un desesperado intento por conservar su lealtad de mujer, le regaló unos 50 mil dólares en efectivo y le prometió que seguiría enviándole dinero a su país.

En efecto, Chida dotó a Anita de generosas transferencias mensuales de entre 50 y 200 mil dólares, con las cuales ella comenzó a adquirir negocios y propiedades y a llevar una vida dispendiosa, estrafalaria y de fiesta interminable, cual nueva rica con alma popular.

Anita adquirió un centro médico, una inmobiliaria, casas, departamentos, locales comerciales, joyas al por mayor y una discoteca de salsa cuyo gerente, Juan Murguía, un cubano negro y cincuentón, se convirtió en su amante oficial.

Aún en esas circunstancias Chida continuó con sus generosos envíos y en 1997 viajó a Chile y le propuso matrimonio, lo cual ella aceptó “sólo por la plata, porque nunca lo amé”, y contrajeron nupcias por lo civil aquí en Santiago el 2 de agosto de ese año.

Chida regresó a Japón y Anita descubrió pocas semanas que estaba embarazada, pero tenía la duda sobre quién era el padre, si su flamante esposo, o su amante cubano, quien resultó, desde luego, un cínico e interesado vividor.

La incógnita se despejó hasta el día del parto, cuando la “Geisha”, que esperaba dar a luz a un bebé con ojos rasgados, vio salir de su vientre una cosita color negro con el cabello crespo, al cual bautizó como Abraham en la Iglesia evangélica a la que pertenece desde niña.

“Siempre he creído que los hijos son sólo de la mamá y poco importa quién sea el padre”, dice ella, por lo cual poco importó que su tercer hijo fuera de su esposo japonés o de su amante cubano.

El 10 de noviembre de 2001, Anita recibió en su enorme mansión del exclusivo sector de Chicureo –una réplica de la residencia de Scarlett O’Hara y Rhett Butler en “Lo que el viento se llevó” mandada

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