Isla de Gorée, de puerto de esclavos a testigo histórico privilegiado

Márcia Bizzotto

Dakar.– El flujo de barcos en la Isla de Gorée, que hoy transporta turistas en las costas de Senegal, fue muy distinto durante cuatro siglos. En ese periodo, ese pedazo de tierra en la costa de Senegal veía llegar y repartir hombres y mujeres negros que serían vendidos como esclavos a las colonias europeas en América.

Situada a unos cuatro kilómetros de Dakar, la capital senegalesa, la isla de Gorée, con apenas 900 metros de norte a sur y 300 de este a oeste, ganó fama como uno de los principales puntos de abastecimiento de los barcos negreros europeos.

Sin embargo, muchos historiadores afirman que por sus calles no pasaban cada año más que unas 300 víctimas de la trata de esclavos, de un total de 20 millones en todo el continente africano.

De cualquier manera, todos coinciden en que su localización, en el punto de Africa más próximo de las Américas, y sus acantilados volcánicos, que forman una especie de fortaleza natural, hacían de la isla un lugar ideal para el comercio negrero. Gorée fue víctima de una inevitable decadencia tras la abolición de la esclavitud en 1848, pero supo reinventarse y hoy, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1978, es uno de los más célebres puntos turísticos de Senegal.

Africanos de todo el continente y descendentes de esclavos de toda América peregrinan hasta sus orillas no sólo para admirar sus callejuelas de piedra sombreadas por flores, sino para comprender qué sintieron sus antepasados antes de ser embarcados hacia el nuevo continente, adonde muchos no llegarían y la mayoría sería explotada sin piedad.

“Da un escalofrío en la espina entrar en esa casa, es como si siguieran allí los espíritus de toda la gente que murió allí. Y mucha gente dice que de hecho siguen allí”, dice El Hadji Sene, chofer de taxi de Dakar que hace las veces de guía para turistas en la isla. “He visto a mucha gente llorar al entrar allí, incluso hombres grandes”, enfatiza Sene, mientras observa los mensajes de indignación y solidaridad escritos por los visitantes en las paredes del edificio.

La casa en cuestión es la “Maisons des esclaves” (Casas de los esclavos, en francés), el único ejemplar restante de los edificios donde eran concentrados y clasificados los futuros esclavos, restaurado en 1990 y transformada en museo a fin de que se mantenga como memoria viva del drama de quienes la habitaron.

Las familias eran separadas y los hombres clasificados por su robustez, las mujeres por sus pechos y los niños por su dentadura, mientras que las niñas vírgenes eran mantenidas aparte y tenían un precio más elevado.

Una pequeña puerta de hierro que se abre directamente sobre el mar era por donde salían los esclavos, de modo que los nobles habitantes blancos de la isla no tenían que presenciar el desespero en los ojos de los que eran embarcados en los navíos negreros para realizar, hacinados y encadenados, un viaje de al menos cinco semanas.

“Y aquí se abre el camino sin retorno, la puerta al infinito dolor”, anuncia un cartel plegado sobre la puerta, delante de la cual, en 1994, el papa Juan Pablo II pidió perdón a Africa por la participación de la Iglesia Católica en el esclavismo.

Actualmente, unas mil 200 personas habitan en la isla, negros orgullosos de su raza, que ocupan los edificios coloniales de color pastel abandonados por los colonos blancos y hoy hechos ruina.

La gran mayoría ejerce algún trabajo relacionado al turismo, ya que, además de los diversos monumentos en memoria de los esclavos, Gorée tiene una docena de restaurantes y hoteles, una escuela y un centenar de artesanos que cubren las calles con los más diversos artículos.

“El turismo masivo hizo muy cara la vida aquí. Nos compensa más vivir en Dakar y venir cada día para trabajar”, explica Amina Sainah, quien transfirió su hogar de la isla a la capital, pero mantiene en Gorée su stand de vestidos típicos africanos, en el que trabaja diariamente.

Los coches nunca llegaron a la isla y los a

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