El arte de dudar

Según el Método Socrático —llamado así por su padre y creador Sócrates— “dudar” es un método eficaz para fortalecer la inteligencia.

Sin la pretensión de querer apoderarse de la verdad, decía el maestro griego, el ejercicio de la duda y la reflexión es el mejor procedimiento para acercarse peligrosamente a ella.

Uno de los problemas de la vida política salvadoreña es que se piensa a poca profundidad, muchas veces rozando el suelo, y, por tanto, se duda poco, demasiado poco.

Cada cual se siente dueño de la verdad y habla con un convencimiento brillante y arrollador parecido al sol, pero sin ser capaz de arrojar ninguna luz.

Unos y otros se presentan llenos de certezas y verdades y, sin mayores análisis, discrepan los unos contra los otros con tanta facilidad y rabia como les permite su fuerza.

De ahí, en buena parte, la intratable crispación que rige, desde hace años, la vida salvadoreña, la estéril y fragmentada realidad nacional en la que “los otros” están condenados a no tener nunca un atisbo de razón.

El Gobierno de Mauricio Funes, aparentemente más ocupado con los males de la nación que con atender a los periodistas, sigue afanado, entre otros asuntos, en buscar más y más dinero de los distintos organismos multilaterales. No se duda, nunca se duda, se necesita del preciado bien.

Otros, en temas menos mundanos que el “cash”, no dudan en afirmar que algunos programas educativos deben desaparecer. “No tiene razón de ser”, dijo el Vicepresidente y Ministro de Educación, Salvador Sánchez Cerén, al referirse al Programa Educación con Participación de la Comunidad (EDUCO), un programa que, con sus fallos y torpezas, intenta integrar y hacer participe a la comunidad en la enseñanza nacional.

Como de costumbre, alguien del otro bando salió al remate. Esta vez fue el diputado del partido ARENA, Mario Tenorio, el valiente a salir a la palestra pública a defender con “su verdad” el EDUCO. Es el “programa estrella” de nuestro sistema de educación nacional y Sánchez Cerén lo quiere desvalijar resumió. No sé de dónde sacó esa impresión Su Señoría, el Sr. Tenorio.

En cualquier caso, todo es así en nuestro terruño: en la educación, en la salud, en las pensiones, en la fiscalidad, en la elección del fiscal general, en la concesión del puerto, en la lucha contra la inseguridad, el crimen, la corrupción, etc., todos son dueños de la verdad y únicamente la verdad.

Aquí nadie dice mentiras, por eso no hay razón para dudar. Se patina en los mismos suelos que llevan a los mismos lugares, pero eso sí, siempre con la verdad por delante.

En nuestro pequeño mundo salvadoreño, no se duda, se asevera, se afirma y se reafirma, se desvalija al otro y, para mantener el círculo intacto, se recluta a futuros operadores políticos para defender las mismas verdades o lo que es lo mismo, los colores y causas ideológicas de los aparatos partidistas, que son, en última instancia, los que eligen a nuestros futuros dirigentes públicos, bajo la premisa de tener la verdad siempre de su parte.

En la política salvadoreña, el dudar se vuelve una debilidad, una mediocridad, un personaje que duda es un personaje sin futuro.

Sócrates, que veía en la duda, no una forma de patinar ante la decisión, sino un arte para la reflexión, decía “La verdadera sabiduría está en saber dudar y reconocer nuestra propia ignorancia”.

Sócrates era, sobre todo, un gran político, pero Sócrates hace tiempo que murió y por nuestro país nunca se le vio.

José Manuel Ortiz Benítez es miembro de Salvadoreños en el Mundo

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