La regla de los cien días

Por Daniel Joya

¿De dónde se saca que cien días son suficientes para corregir las políticas públicas, invertir la caída de una economía dolarizada, solventar problemas endémicos y presentar el perfil de un nuevo país?

¿En que cabeza cabe que dos décadas de descalabro pueden ser remediadas en tiempo tan récord?
¿Cuáles serían los indicadores justos para evaluar la gestión del nuevo gobierno salvadoreño?
¿Qué tipo de cambios sería procedente demandar a la nueva administración en los primeros cien días?

Es imposible mostrar en cien días plenitud del cambio. Hay cambios institucionales, reacomodos de personal, revisión de programas existentes, asuntos presupuestarios, pago de favores políticos, forcejeos internos dentro del nuevo bloque de poder, y por supuesto, la evaluación de campo sobre lo que puede ser posible y lo que quedará como obviada promesa de campaña.

En el caso del gobierno de Mauricio Funes la situación se complica dada la heterogeneidad política que le llevó al poder; fue un “todos contra Arena”. Si bien el FMLN fue el partido victorioso y la fuerza mayoritaria, las victorias nunca se logran con solamente el voto duro. De ahí que habrá que ver la habilidad del presidente en balancear la cuota de poder reclamada por el partido ganador, las presiones de los perdedores y la meritocracia frente al padrinazgo denunciado por él mismo.

Siendo justos, cien días únicamente producirán la muestra a escala raquítica, con alto potencial de error de lo que pudiese llegar a ser el nuevo gobierno. Cien días solo aproximan a lo que habrá de venir, y como es de esperarse se escurren caracterizados por reclamos de la mala gestión pasada. En este último aspecto la administración Funes-Sánchez Cerén tiene harta materia prima para justificarse hasta más allá de su mandato.

Ahora bien, es de recordar que el FMLN ya no es un partido de oposición, sino con claras responsabilidades frente al pueblo que le dio su confianza en el último ejercicio electoral. Ya no puede seguir furibundo o sollozante por los errores y abusos del pasado, para argumentar la inacción, variaciones a la línea programática y cualquier desacierto inicial.

También Mauricio Funes dejó de ser candidato para convertirse en presidente. Parafraseando su compromiso ya no tiene el derecho de equivocarse deliberadamente.

Partiendo de lo anterior, es oportuno recordar que las promesas de campaña no son simples spots publicitarios o frases coquetas para influenciar el voto. Cien días son entonces un primer momento para reflexionar sobre la viabilidad de esa prometida reinvención durante el discurso inaugural.

De ahí que cien días deben mostrar al menos la dirección en que se orienta el país, borrar los viejos rostros del partido perdedor de las instituciones del estado, evidenciar intentos, los primeros aciertos, errores de buena fe, madurez, adaptabilidad y sobre todo la capacidad negociadora de la nueva administración.

En este último aspecto, a veces pareciera poco claro quien gobierna, si el presidente Funes, el partido que le llevó al poder o sectores afines a su persona. Por otro lado, aspectos como las cifras de criminalidad sugieren que falta mucho taller en cuanto a la prevención del crimen. Y la diáspora, bien gracias, por ahora no estamos en campaña.

No obstante cualquier descontento inicial, este gobierno neófito e imperfecto como toda obra humana, se ofrece extraordinariamente mejor que Arena y los últimos sondeos de opinión corroboran que las esperanzas del pueblo siguen latentes, que todavía no es tarde, que la gestión recién comienza, y sobre todo, que el pueblo está dispuesto acompañarle y si fuere el caso se siente con la confianza de demandarle.

Solo son cien días. Quedan más de cuatro años para cumplir.

Daniel Joya
Abogado salvadoreño residente en Maryland

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