Ted Kennedy y los inmigrantes indocumentados

En Estados Unidos existe la peor calaña humana contra los seres humanos más indeseables: los inmigrantes indocumentados, que, en ese país, se cuentan, no por cientos, ni por miles, sino por millones.

Afortunadamente, en ese país, también existe otro tipo de humanidad, una más solidaria, más noble, más fraternal y más tolerante como la que irradiaba el senador Edward Moore Kennedy, ese tipo regordete, archimillonario, que siempre defendió aquellos que no tienen derechos, ni voz, ni representación; aquellos que únicamente tienen obligaciones.

“Un capítulo importante en nuestra historia ha llegado a su punto final”, dijo Barack Obama, presidente de Estados Unidos, refiriéndose a la muerte del senador Kennedy.

“Nuestro país ha perdido a un gran líder, quien recogió la antorcha de sus hermanos caídos y se convirtió en el senador más grande que haya tenido nunca Estados Unidos”, remató el Obama en el funeral.

Para Kennedy, no había gobiernos demasiado grandes o demasiado caros, había siempre una causa mayor: “atender a las personas más débiles”.

Esta visión simplista de la vida casi le cuesta el pellejo en la aplastante era del omnipotente presidente Ronald Reagan, el gran comunicador que introdujo aquel lema que cautivó a propios y extraños, pero que después resultó ser un engaño: “Government is not the solution to our problem. Government is the problem” —El Gobierno no es la solución de nuestro problema. El Gobierno es el problema.

Kenndy aguantó el tirón de la filosofía Reaganomics y sobrevivió los embates de toda esa década, siempre dando la cara y defendiendo los obsoletos ideales de su inspirador, Franklin D. Roosevelt, el hombre que gobernó 3 veces EE.UU. en su fase más oscura: la Gran Depresión.

Sin embargo, el momento más difícil del senador llegó en el año 1991 cuando a su sobrino William Kennedy Smith lo acusaron de violar a una mujer después de una noche de copas con su tío en un bar de Palm Beach, Florida.

Kennedy aguantó, con la lengua entre los dientes, cabizbajo como un caballo en cólico, todo el circo mediático que se montó a su alrededor. Aquel escándalo le costó al senador el título de “El Símbolo Vivo de los Defectos de la Familia”. Pero él siguió, siguió y siguió.

Ese mismo año se casó con una tal Vicki Reggie, una brillante abogada del sur, de buena familia, 23 años menor que él. Aparentemente, Vicki lo rescató del alcoholismo, abismo donde había ido a parar, gracias a su debilidad por las mujeres.

Junto a Vicki, Kennedy volvió a brillar con más fuerza que nunca hasta que apareció un monstruo dentro de su cerebro.

En mayo de 2008, cuando los médicos del Hospital General de Massachussets le informaron que lo que tenía en el interior de la cabeza, no eran malas ideas, sino un enorme “glioma maligno en el lóbulo parietal izquierdo”, el viejo zorro intuyó de inmediato que el cáncer cerebral detectado en el scanner lo pondría a descansar pronto de manera definitiva.

Con la muerte esperándolo literalmente a la vuelta de la esquina del Memorial Bridge, Kennedy intentó forzar “en vida” el cambio de su asiento en el Senado, pero la rigidez de la ley no se lo permitió.

Ya en reclusión por su enfermedad, lejos de los debates, codazos y patadas voladoras en el duro suelo del Capitolio, Ted Kennedy recibió a un grupo de líderes inmigrantes del área metropolitana de Massachussets y les dijo: “Necesitamos darles dignidad y salud a todas las personas independientemente de su raza, clase social o procedencia. Tenemos que luchar por el avance de todos, incluidos los indocumentados, y no descansaremos hasta que el sueño siga vivo”.

Así Ted Kennedy, el león demócrata, pronunciaba sus últimos rugidos a favor de los más flacos: los inmigrantes.

Naturalmente, el Sr. Edward Moore Kennedy no era la Madre Teresa de Calcuta, sino un millonario acomodado, mujeriego, bebedor de licores exquisitos, pero este viejo personaje de alto linaje, aun en sus últimos días de su

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