Christian Poveda y las maras

Por José Manuel Ortiz Benítez

“La sociedad salvadoreña está enferma y las pandillas son síntoma de esa enfermedad” decía, más o menos estando en lo cierto, el fotoperiodista franco español Christian Poveda.

“Cadena de volcanes. Tierra de nadie. Topografía ideal para la violencia” escribió una vez el Sr. Poveda refiriéndose a nuestro preciado y escaso pedazo de terruño.

Probablemente, estaba harto de ver tanta violencia y tanto joven inmerso en ella, en esa tierra tan pequeña como groseramente deforme y atropellada por el salvajismo desbocado que practican los pandilleros, a quienes nadie parece dispuesto a ponerles los pies encima.

Cuando entrevisté a Lissette Lemus –la fotoperiodista salvadoreña premiada por la fundación mundial The World Press Photo por aquella estremecedora imagen que le había tomado a Petrona Rivas– acudí al Sr. Poveda para que me ayudara a contactarla.

Christian respondió con rapidez y en menos de 24 horas me pasó todos los datos de Lissette para que yo pudiera entrevistarla.

Tiempo después, como responsable editor de las noticias que publica Salvadoreños en el Mundo, el Sr. Poveda me reclamó los derechos de autor por una imagen suya publicada sin la debida autorización.

Christian dijo que su trabajo era altamente arriesgado.

La retirada de la imagen y una sincera disculpa personal no valieron de nada.

Para él, su trabajo “era sagrado”.

El Sr. Poveda se metió en la fosa del león y se ganó su confianza. Gracias a esa confianza, consiguió producir, La Vida Loca, una película que narra desde dentro la vida cuasi anomalística bajo la cual operan las maras salvadoreñas con la que ganó una reconocida mención en el prestigioso Festival de Cine Internacional de San Sebastián, España. La mención le proporcionó una cierta reputación a nivel internacional como director.

Con el film, Poveda también consiguió proyectar una verdad cara y dolorosa: que los salvadoreños somos la especie humana más violenta del mundo. Es una minoría, pero es la verdad y nos salpica directa o indirectamente a todos.

Con la llegada del gobierno de Mauricio Funes, Poveda vio cierta esperaza para aliviar el problema de las maras y los escandalosos niveles de violencia que producen –entre 10 y 12 cada día– y tiró al ruedo una idea realmente valiente: llegar a un acuerdo entre mareros y las autoridades encargadas de la seguridad.

“Si hay una voluntad de resolver el problema, (es necesario) establecer una tregua, establecer los caminos de comunicación para que esa tregua exista y a partir de allí se estudien las posibilidades realmente de llegar a una paz social en este país”, desenganchó Poveda a los medios.

El Sr. Poveda arriesgó el pellejo como un guerrero valiente. Retrató muy de cerca las distintas caras de la violencia nacional y se sumergió, como una anguila acuática, en las aguas profundas de ese mercado de despiece de partes humanas que controlan las maras.

La tarde del miércoles 2 de setiembre de 2009, el Sr. Poveda se fue otra vez al oficio. Ya no volvió.

Los miembros especiales de la División Antihomicidios de la Policía Nacional lo encontraron en Tonacatepeque, al oriente de San Salvador, muerto con la cara deformada por los 4 plomazos 9 milímetros que recibió a quemarropa.

En el interior de su camioneta, en el limbo del silencio, estaban, junto al cadáver, su grabadora, su credencial de prensa y su reflex digital C1D con la que retrataba a los violentos.

Que en paz descanse y que Dios lo reciba en Su Gloria.

José Manuel Ortiz Benítez es miembro de Salvadoreños en el Mundo.

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