Acorralados por los mitos

Por Rafael Prieto Zartha

El gimnasio de la escuela elemental J.V. Washam, localizada en Cornelius,
un suburbio del área metropolitana de Charlotte, en Carolina del Norte,
reverberaba como una olla de presión en la noche del último miércoles de
agosto, con motivo de la realización de un cabildo abierto sobre la reforma de
salud, convocado por la representante republicana Sue Myrick.

El anfiteatro estaba abarrotado por cerca de 2,000 personas que producían
el murmullo oscilante de una turba a punto de estallar, conformada casi en su
totalidad por blancos sureños.

En medio del hervidero no había más de cinco afroamericanos y tres hispanos
que al cruzar la entrada de la escuela habían recibido, como el resto de los
asistentes, varios panfletos en contra del plan de Obama.

Niños, jóvenes y adultos portaban carteles pintados con dibujos y letras
azules y rojas que hacían alusión a patria, la inconveniencia de “socializar”
la salud y la intervención del gobierno en asuntos individuales. Unos pocos
avisos favorecían la propuesta del presidente.

Durante su exposición, Myrick hizo énfasis en su oposición al proyecto
presidencial por la cobertura que le daría a los “ilegales” y a la insistencia
de la actual administración de debatir, el año entrante, una reforma migratoria
integral, que ella considera como una “amnistía”.

Las palabras de la congresista al tocar el tema migratorio recibieron como
respuesta un aplauso atronador y el cuchicheo intermitente de algunos de los
presentes contra “esos mexicanos”.

Las frases sueltas en voz baja fueron las mismas que los activistas anti
inmigrantes usan en sus encuentros xenofóbicos: “atiborran los hospitales”…
“usan nuestros servicios sociales”… “piden ‘welfare”… “no pagan impuestos”.

Myrick mostró a la audiencia el mamotreto de 1,017 páginas del plan Acta de
Opciones Asequibles de Salud de 2009, pero se abstuvo de mencionar que la
propuesta H.R. 3200 es explícita en determinar que los individuos que no tengan
un estatus migratorio legal en el país no podrán beneficiarse de los subsidios
contemplados en el proyecto de ley.

Contra lo que yo esperaba, el debate fue extremadamente civilizado y el
respaldo al proyecto de reforma de salud por parte de los que tomaron el
micrófono fue mayor de lo anticipado, aunque los detractores del presidente lo
compararon con Fidel Castro y Hugo Chávez, y condenaron la vigencia del derecho
al aborto, del que dijeron es favorecido por la actual administración.

Con tacto y cifras precisas, médicos, diseñadores gráficos, activistas
comunitarias, políticos, amas de casa y jubilados defendieron el concepto de
dar cobertura de salud a todos los estadounidenses, pero nadie dijo ni mu en
defensa de los indocumentados.

Preocupante que algunos legisladores desinformen a sus constituyentes y que
en la mente del americano medio prevalezca el concepto de que los
indocumentados usan una serie de servicios federales, que les fueron vedados
por la ley de reforma al bienestar de 1996.

Los mitos de la inmigración imperan pese a que las prohibiciones son
concluyentes: los indocumentados no pueden solicitar “Welfare”, Medicare,
Medicaid, asistencia de vivienda o estampillas de comida y se aplican sanciones
rigurosas a quienes violen las normas.

Tampoco los pro inmigrantes han logrado meter en la mente de las mayorías
los aportes que la comunidad indocumentada ha hecho al país y los beneficios
económicos de su presencia.

Poco o nada se tiene en cuenta lo gorda que está la cuenta del Seguro
Social a donde van a parar los aportes de los indocumentados que se han
inventado números o han trabajado con tarjetas “chuecas”.

El último dato que se tiene de la llamada “Earnings Suspense File Account”
que corresponde a 2006, indica que hasta ese año había acumulado 745 mil
millones de dólares.

“Son 745 billion”, me dijo Daniel Moraski, portavoz de la Administración
del Seguro Social.

El hecho de que en 2005 más de cinco millones

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