El fenómeno de las extorsiones toca las puertas del arzobispo de San Salvador

Por Wilfredo Mármol

Las extorsiones en El Salvador son el resultado concreto y ampliado, a partir de las leyes que buscaban exterminar de tajo el fenómeno de las pandillas.

Dichas normas diseñadas desde el ejecutivo que dirigió el Lic. Francisco Flores Pérez eran el resultado de una concepción que el origen de los jóvenes pandilleros tenían como base un andamiaje biológico, lo que en Psicología Social, se conocen como los teóricos etólogos, quienes sostienen que el ser humano, tiene de manera predeterminada, un esqueleto genético que lo impulsa a la agresión, más aun cuando las sociedades y sus gobernantes no han incorporado mecanismos lo suficientemente contundentes para encausar, de manera constructiva dichos esquemas instintivos.

Producto de este tipo de pensamientos, que por cierto ignoran de manera sutil el papel del ser humano en los procesos históricos —como constructor y construido— se perfilaron programas que sólo ofrecieron policías, cárceles, abogados y un sentido mediático desde la visión de los propietarios de grandes medios de comunicación social, radio, prensa y televisión.

Como un disfrazado punto de partido, el fenómeno de las pandillas, no se extinguieron, sino por el contrario, se permearon nuevas formas de sobrevivencia.

La extorsión es quizás una de las maneras más explícitas y generalizadas, frente al fenómeno de “rotulación infernal” que las campañas mediáticas y las acciones gubernamentales lograron a nivel social. Dicho fenómeno ha quedado de alguna manera clarificado en el esfuerzo de Cristian Poveda en su documental La Vida Loca.

El problema de la extorsión es que se corre el peligro de llegar a múltiples esferas y echar raíces como mecanismo de resolución de diferencias, incluso conflictos y desavenencias sociales y políticas, en vista que se emplea como una manera para la obtención por la fuerza o con intimidación de una cosa de alguien; en este orden de ideas y según el diccionario de la Real Academia de la lengua española, en su vigésima segunda edición, extorsión, del latín extorsionis, es una amenaza de pública difamación o daño semejante que se hace contra alguien, a fin de obtener de él dinero u otro provecho.

Las desafortunadas declaraciones del arzobispo José Luis Escobar Alas, en la homilía del domingo 12 de septiembre, en las que hace el llamado a las fracciones partidarias de la oposición a presionar al gobierno constitucional, condicionando sus votos para aprobar una serie de préstamos para financiar el presupuesto general de la nación del año entrante, a cambio de ratificar una reforma constitucional que prohíbe el matrimonio entre personas del mismo sexo, colocan al jerarca católico en los linderos de una actitud marcada por la extorsión.

Su posición explicitada desde el púlpito se convierte, en todo caso, en una presión que, mediante amenazas, se ejerce sobre el gobierno constitucional para obligarle a obrar en determinado sentido, en un momento preciso en que las Iglesias hacen el llamado a la unidad de la nación en coincidencia al tema central del discurso pronunciado por el presidente Mauricio Funes.

El fenómeno de la extorsión sin dudas está tomando dimensiones de inmoralidad manifiesta, incluso en quienes deberían de dar el ejemplo de ecuanimidad ética, ya que se supone que expresan una conciencia moral por las vestiduras que van más allá de ser simples harapos.

Las iglesias y sus representantes deberían mantener en discusión permanente que es imposible excluir del reino de Dios a sectores ciudadanos, porque en definitiva todos son hijos e hijas de un sólo Creador, ¿O no, señor José Luis Escobar Alas?, o al igual que en los tiempos de los fariseos que rondaron al mesías, tenían pretensiones de excluir del reino de Dios a personas consideradas endemoniadas, mujeres con dificultades uterinas, personas con lepras, etc. etc.

¿O es que acaso su despacho está lleno de solicitudes de personas del mismo sexo que le solicitan a diario que los una en matrimo

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