Un día por los pasillos del Congreso de Estados Unidos

Normalmente los pasillos del Congreso estadounidense son frecuentados por gente realmente poderosa: lobbyists (grupos de presión) multimillonarios de tabacaleras, farmacéuticas, petroleras, financieras, aseguradoras, aeronáuticas y peces gordos de los grandes grupos industriales que controlan la economía del planeta.

El propósito de esta gente omnipotente es siempre el mismo: intentar influenciar la legislación del Congreso hacia una determinada dirección que, en la mayoría de las veces, tiene que ver más con intereses económicos que con cualquier otra cosa.

Sobre estos corredores, cabalgan, de manera permanente, la aplanadora de Phillip Morris, la monstruosa petrolera Exxon Mobil o el gigante informático de Bill Gates, Microsoft; todas con un objetivo común: influenciar a los legisladores de EE.UU. para hacer pasar leyes que produzcan más beneficio y crecimiento en su cuenta de resultados. Nada nuevo, es lo que siempre busca una multinacional.

Estas empresas invierten hasta un 3% de sus ventas globales para hacer “lobby en tiempo real” en las propias instituciones de EE.UU., especialmente en el Senado y la Cámara Baja de Representantes, donde se cuecen las grandes piezas de legislación que afectan al Imperio norteamericano. Es lo que en anglosajón se llama “In-house lobbying”. Yo lo llamo “presión en vivo y en directo”, algo que sólo los grandes se pueden permitir.

Para estos grandes monstruos industriales, Estados Unidos es primero un espacio comercial antes que un espacio de convivencia entre personas de distintas razas.

Las palabras que más suenan por las paredes de estos majestuosos pasillos siguen siendo las relacionadas al gran capital. Incluso en algo tan esencial como es la salud de las personas, los términos siguen siendo los mismos: “intereses” y “mercado”.

Pero, el jueves 24 de septiembre de 2009, los poderosos “lobbyists” de corbata y cuello blanco de las grandes empresas multinacionales del planeta, afincados de forma definitiva en los corredores del palacio legislativo de la primera potencia del mundo, se vieron desplazados por un competidor inusual.

Lo mejorcito del pueblo salvadoreño en el exterior se echó el canasto al hombro y se deslizó por las puertas, ventanas y balcones del Capitolio de EE.UU. e inundó todos los espacios para dar la cara por los 2.5 millones de salvadoreños que viven en ese país, de los cuales un tercio se estima está en situación irregular

A primera hora de la mañana, los líderes salvadoreños salieron, como las hormigas a defender el nido, por las avenidas Independence y Constitution hacia el centro del poder, hacia los pasillos y confines internos del Capitolio., la democracia más asombrosa del mundo.

En menos de 6 horas, ya habían logrado poner sobre la mesa de medio centenar de congresistas norteamericanos la “excepcionalidad migratoria” para los 240,000 salvadoreños que viven bajo TPS y un millón que se cree están de manera irregular.

Otra de las reivindicaciones de los salvadoreños ante los congresistas de EE.UU. es que en la casilla número 7, la que asigna la descendencia de los hispanos, dentro del formulario del US Census 2010, se escriba la palabra mágica “Yes, Salvadoran” como es el caso actual para los mexicanos, puertorriqueños y cubanos.

Una vez más los salvadoreños en Estados Unidos han demostrado tener garra, han pateado, con esmero, los pasillos y recovecos del Capitolio de EE.UU., han desbancado a las poderosas multinacionales aunque sea por un día, han expuesto su sentido de solidaridad y han tendido la mano a los suyos, sin intereses económicos ocultos, más que el de favorecer a los salvadoreños más débiles que, para nuestra desgracia, siguen siendo la abrumadora mayoría.

“Por ellos hemos venido aquí, por los que no tienen voto, ni voz, ni representación, por los que no tienen nada”, dijo Francisco Rivera, presidente de Salvadoreños en el Mundo, con una lágrima asomándole por los ojos y una voz rota, pero con ilusión y deseos d

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