Hablar al pepe

Por Emilio Cafassi

Encontrar referencias o información sobre Uruguay en la prensa internacional resulta una tarea tan ardua como habitualmente infructuosa.

No es que sobre el resto de América Latina abunde y mucho menos aún que cuando aparezca se encuentre contextualizada o induzca a curiosidad y ejercicio reflexivo. Pero Uruguay es algo así como un agujero negro para la agenda informativa mundial y para el debate y análisis de modelos políticos comparados.

Podría suponerse que esta es una consecuencia natural de la construcción de hegemonía de los oligopolios de la palabra y la interpretación, en manos de los grandes poderes conservadores. Sin embargo, otro tanto sucede con la prensa alternativa, contrahegemónica o de izquierda.

Será muy difícil encontrar información o análisis en sitios como Rebelión, Red Voltaire o La Haine, para citar sólo algunos ejemplos de publicaciones digitales que no están restringidas a la superficie de papel y sus costos, como los medios gráficos tradicionales.

Con más razón, sucede otro tanto en diarios como Página12 de Buenos Aires o La Jornada de México en los que podría esperarse algo más que alguna esporádica referencia. No obstante, esto no excluye que subrepticiamente pueda aparecer algún relámpago mediático producto de nubes tormentosas adecuadamente sopladas siempre desde la derecha.

Los intelectuales, historiadores y periodistas tendrán además, serias dificultades para hacerse de fuentes primarias fuera de las fronteras orientales. Sólo los cuatro diarios principales pueden ser leídos libremente por internet aunque con desigual apego a la edición impresa según los casos. No así los semanarios más influyentes a los que sólo se accede insólitamente mediante pago.

En la metrópoli exterior más próxima a la capital uruguaya es posible adquirir en algunos kioscos céntricos selectos o en el aeropuerto sólo “El País”, “La República” y “Brecha”.

En Buenos Aires, la búsqueda de “Búsqueda” es inútil, aunque curiosamente sus recortes fragmentarios y enfatizaciones del también inhallable libro “Pepe.Coloquios” sostuvieron por días titulares escandalosos y artículos de los diarios Clarín y La Nación, elaborados seguramente sin conocimiento alguno de las fuentes y el contexto de su producción.

Pero el amarillismo no necesita totalidades ni contextos porque vive del retazo selectivo. Los lectores de esos y otros diarios del mundo no tienen oportunidad de divertirse con la motosierra de Lacalle, con sus precisiones arquitectónicas sobre sucuchos y cuevas, o con las ofertas del supermercado político nacional. Menos aún conocen que ochenta mil atorrantes que no hacen nada contarían con baños y peluquería.

Si bien parte de la explicación del mutismo puede remitirse a la escasa magnitud del país (geográfica, económica y poblacional) esta es sólo la epidermis visible de una combinación de procesos ideológicos (de los que jamás podrá excluirse el silencio) de mayor nivel de complejidad.

Es la particularidad del modelo uruguayo de construcción de poder popular, de gestión y transformación de la realidad social (incluyendo sus tibiezas) el que no encaja en los estereotipos teóricos y la formatización programática y organizativa de las ortodoxias de izquierdas de toda laya, ni mucho menos en la avidez idealizada de sus cronómetros.

En ellas no está prescripto lo que fue y lo que es el Frente Amplio con su inédita y trabajosa convergencia de expresiones partidarias de muy diversa procedencia, incluso aquellas completamente enfrentadas en otras latitudes.

Tampoco sus partes constitutivas tanto en momentos fundacionales como en la actualidad. Desde el PCU, que no puede ser reducido a los clisés del estalinismo dominante en buena parte de América Latina, al movimiento tupamaro y sus distancias respecto al foquismo, hasta la socialdemocracia (si realmente la hubo), ni el movimiento trotskista, particularmente respecto a sus versiones más desarrolladas co

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