EL Salvador, la tierra de las cosas preciosas y la injusticia

Que veinte años no son nada. O lo son todo. En la tierra de las cosas preciosas el tiempo discurre lentamente. Huele a esperanza y a futuro. A sed de justicia. También a rosas. Las que saben a santidad y lloran en un jardín de la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador.

Allí fueron acribillados hace 20 años seis jesuitas y dos empleadas de la UCA (la madre quedó para siempre abrazada a su hija, protegiéndola). Para honrar su memoria y durante toda esta semana, la Fundación Segundo y Santiago Montes está organizando distintos actos de homenaje a los asesinados (entre ellos dos vallisoletanos: Ignacio Martín Baró y Segundo Montes).

«La exposición de los jesuitas asesinados es un bofetón a las mentes adormecidas y también un referente de que existen modelos para seguir en esta época de quiebra de valores», dicen desde una Fundación empeñada en continuar el sueño de justicia de aquellos mártires heroicos que fueron ejecutados por un escuadrón del ejército salvadoreño.

En su momento, y fruto de la presión, inculparon a 14 militares de rango menor. Sólo dos fueron condenados y amnistiados poco después.

Se presentaron todo tipo de recursos pero fueron torpedeados sistemáticamente por la Justicia salvadoreña. Veinte años después, la Audiencia Nacional investiga los asesinatos y los servicios de inteligencia de EE.UU. han desclasificado documentos reveladores de lo que sucedió allí. Fue el Estado Mayor el que ordenó asesinar a los jesuitas. La orden era clara: eliminar a Ellacuría y no dejar testigos.

Se sabía, se sospechaba. Pero lo peor está por venir: la CIA y los servicios de inteligencia españoles, el antiguo Cesid, sabían que el padre Ignacio Ellacuría, rector de la UCA, iba a ser asesinado por el ejército salvadoreño.

Por supuesto, el presidente de El Salvador estaba al tanto de todo ello y quién sabe cuántos jeques del rebaño universal, purpurados o no, lo sabían. Más infamia que añadir a lo ya conocido gracias a los informes de la Comisión de la Verdad cuyo contenido explica los momentos previos a la matanza.

Las jerarquías vaticanas les acusaron de meterse en política, de amparar la lucha de clases y de no sé cuántas mezquindades más.

El teólogo Jon Sobrino se salvó de milagro. Hoy se congratula de que el Gobierno salvadoreño reconozca por fin la labor de los jesuitas pero aún está esperando que «desde el Vaticano o desde la Conferencia Episcopal haya alguna palabra o gesto importante».

A El Salvador, los indígenas lo llamaban Cuscatlán que significa ‘tierra de las cosas preciosas’. Aquellos jesuitas nos enseñaron algunas de esas cosas preciosas. En El Salvador los pisotearon.

La jerarquía de la iglesia los pisoteó. Pero queda su obra, sus cosas preciosas, su compromiso con los pobres y oprimidos. Queda la imagen de los miles de salvadoreños que recorrieron decenas de kilómetros para despedirse de aquellos hombres buenos que habían dado su vida por ellos.

El genial Forges, amigo de Martín Baró, le dedicó uno de sus dibujos: «El sacrificio de tu vida es el ejemplo para los de tu generación, sumidos en el Poder y el Bienestar, olvidándose de la Justicia Social». Como él también ha dicho: «Para hacer el bien no hay excusas ni vaticanos».

Fuente: Blog de Vicente Álvarez/Salvadoreños en el Mundo.

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