GUILLERMO DE SAINT-THIERRY, CANTOR DEL AMOR

CIUDAD DEL VATICANO (VIS).-Guillermo de Saint-Thierry fue el protagonista de la catequesis del Santo Padre durante la audiencia general de los miércoles celebrada en la Plaza de San Pedro.

Guillermo, amigo y estimador de Bernardo de Claraval, nació en Lieja entre 1075 y 1080. De familia noble, fue a las escuelas más famosas de su tiempo e ingresó en los benedictinos de Saint-Nicaise de Reims. Llegó a ser abad del monasterio de Saint- Thierry, comunidad que no obstante sus deseos no pudo reformar. Por eso, la abandonó para entrar en la abadía cisterciense de Signy, en la que escribió obras de espiritualidad importantes en la historia de la teología monástica.

En “De natura et dignitate amoris” (La naturaleza y la dignidad del amor”), se encuentra, explicó el Papa, una de las ideas fundamentales de Guillermo, válida también para nosotros: “La energía principal que mueve el ánimo humano es el amor. (…) En definitiva cada ser humano tiene una sola tarea: aprender a amar sincera, gratuita y auténticamente. Pero solamente en la escuela de Dios se puede cumplir esta tarea y el ser humano puede alcanzar el fin para el que fue creado”.

“Para aprender a amar es necesario un camino arduo y largo -dijo el Santo Padre-. En este itinerario la persona debe imponerse una ascesis eficaz (…) para eliminar cualquier afecto desordenado (…) y unificar su vida en Dios, fuente, meta y fuerza del amor, hasta llegar a la cumbre de la vida espiritual que Guillermo define “sabiduría”. Al final de este itinerario ascético, se experimentan gran serenidad y dulzura”.

Guillermo atribuye también “una notable importancia a la dimensión afectiva” porque “en el fondo, nuestro corazón es de carne y, cuando amamos a Dios, que es el Amor mismo, no podemos dejar de expresar en esta relación con el Señor nuestros sentimientos humanos. (…) El Señor mismo, haciéndose hombre, nos quiso amar con un corazón de carne”.

El amor, para el monje cisterciense, “ilumina la inteligencia y hace que conozcamos mejor y más profundamente a Dios y, en Dios, a las personas y los hechos. (…) El amor produce atracción y comunión hasta el punto de que hay una asimilación entre el sujeto que ama y el objeto amado. (…) Y esto es válido ante todo en el conocimiento de Dios y de sus misterios que superan la capacidad de comprensión de nuestra inteligencia: ¡Conocemos a Dios si lo amamos!”, afirmó Benedicto XVI.

El Santo Padre concluyó citando la “Epístola Aurea”, dirigida a los Cartujos de Mont-Dieu , síntesis del pensamiento de su autor sobre la ciencia del amor y en la que escribe que “la imagen de Dios presente en el ser humano lo empuja a la similitud, es decir a una identidad cada vez más plena entre la voluntad propia y la divina. A esta perfección, que Guillermo llama “unidad de espíritu”, no se llega con el esfuerzo personal, (…) sino por la acción del Espíritu Santo que (…) purifica y (…) transforma en caridad todo empuje y deseo de amor presente en el ser humano (…). De ese modo el ser humano llega a ser, por gracia, lo que Dios es por naturaleza”.

ACERCARSE AL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA CON CONFIANZA

CIUDAD DEL VATICANO, (VIS).-Al final de la audiencia general, el Papa recordó que hoy se cumplen 25 años de la promulgación de la exhortación apostólica “Reconciliatio et paenitentia” de Juan Pablo II, “que llamó la atención sobre la importancia del sacramento de la penitencia en la vida de la Iglesia.

“En este significativo aniversario -dijo-, deseo rememorar algunas figuras extraordinarias de “apóstoles del confesionario”, incansables dispensadores de la misericordia divina: san Juan María Vianney, san Giuseppe Cafasso, san Leopoldo Mandić, san Pío de Pietrelcina.

Dirigiéndose de modo particular a los jóvenes, el Santo Padre pidió que el “testimonio de fe y de caridad” de estos santos les “impulse a huir del pecado y a proyectar el futuro como un servicio generoso a Dios y al prójimo. Que ayude a los enfermos a experimentar en el sufrimiento la misericordia de Cristo crucificado. Anime a los recién casados a crear en la familia un clima constante de fe y de reciproca comprensión”.

“Que el ejemplo de estos santos, asiduos y fieles ministros del perdón divino -terminó- sea para los sacerdotes -especialmente en este Año sacerdotal- y para todos los cristianos una invitación a confiar siempre en la bondad de Dios, acercándose y celebrando con confianza el Sacramento de la Reconciliación”.

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