La Navidad según el Ejército de Salvación

Por Rafael Prieto Zartha

Bitácora

La semana de Acción de Gracias despegó la temporada de festividades de fin de año en Estados Unidos. En estos días de diciembre, ya los árboles de Navidad están instalados, lanzando la luz intermitente de los bombillos.

Las coronas adornadas con esferas o campanas doradas y plateadas reemplazaron a los símbolos del otoño en las puertas de las casas.

En los jardines de las entradas de las viviendas se alzan venados y efigies de Papa Noel con sus barbas blancas y su indumentaria albirroja.

En las iglesias aparecen los pesebres, con figuras de María y José acomodándose para un nuevo natalicio de Jesús, el Niño Dios. La Estrella de Belén surge en el cielo de los nacimientos que completan la vaca, el burro y en algunas ocasiones ovejas.

Estoy seguro que los inmigrantes nicaragüenses celebraron en comunidades como la de Sweetwater, en el Sur de la Florida, la acostumbrada “Gritería” que corresponde a la celebración del Día de la Inmaculada Concepción de María, que ya pasó.

Esa fecha, de las lucecitas, comienza la temporada navideña en gran parte de los países de Latinoamérica, por lo que asumo que los hispanos están conmemorando estos días de acuerdo con sus tradiciones.

Anticipo que los puertorriqueños de Camden, en Nueva Jersey, estén en estos días afinando sus guitarras y cuatros para realizar sus “asaltos” navideños.

En el Alto Manhattan, los dominicanos estarán combinando el sonido de los merengues y las bachatas con los típicos “pericos ripiaos” de fin de año.

En El Doral y Weston, los venezolanos estarán preparando las gargantas para entonar sus gaitas y villancicos tradicionales.

En Los Ángeles, los mexicanos se estarán alistando para las representaciones vivas de las pastorelas y para el precioso itinerario de las posadas.

En los hogares colombianos se estarán desempolvando los librillos que contienen el rezo de la novena al “Dulce Jesús mío mi niño adorado”.

En las casas peruanas ya se habrá adquirido el infaltable panetón.

Los ecuatorianos estarán recordando nostálgicamente la quema de los años viejos y los bolivianos se estarán alistando para la misa de gallo.

En pocos días, argentinos y uruguayos colocarán en la puerta de las habitaciones de sus hijos el agua y el pienso para alimentar a los camellos que sirven de trasporte a los Reyes Magos, quienes portan los presentes del 6 de enero.

Los chilenos estarán emborrachando al Viejo Pascuero con Cola de Mono para que no se pierda una sola vivienda en la entrega de regalos.

A mí me conmueve toda la temporada de fin de año. Me estremece la celebración del Día de Acción de Gracias por su invitación a la solidaridad familiar y la recordación de la fortuna que tenemos de compartir los frutos de la tierra con los nuestros y con los más necesitados.

La Nochebuena me lleva a mi niñez, al recuerdo de los seres queridos que ya no están aquí.

El Año Nuevo hace parte de ese rito anual de evaluar los logros y analizar los fracasos, acompañado como siempre en mi caso por la bienaventuranza de haber sido objeto de la generosidad de los demás.

En la temporada navideña es cuando más se manifiestan las expresiones de altruismo. Por eso hay que elogiar a los que dan, como a: Los centroamericanos que facilitan que San Nicolás o Santa Claus, desciendan de las chimeneas para tener un detalle con los suyos. Los sudamericanos y centroamericanos, que atribuyen los regalos al Niño Dios y hacen posible su entrega. Los españoles y cubanos, que han asignado a Gaspar, Melchor y Baltasar la tarea de dar los obsequios.

¡Ah! pero este año también se tiene que orar por los dirigentes del Ejército de Salvación de Houston a los que se les ocurrió exigir documentos migratorios a los niños que recibirían los regalos de Navidad.

Nunca me había imaginado a Santa, al Niño Jesús o a los Reyes Magos, de agentes de Inmigración, pidiendo papeles para hacer una obra de caridad.

Rafael Prieto Zartha es un periodista y columnista de origen colombiano radicado en Carolina del Norte

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