Nuestra esperanza está en Dios, dice el Papa

CIUDAD DEL VATICANO (VIS).-“¡En este domingo -segundo después de Navidad y primero del año nuevo- me alegra poder renovar a cada uno mis deseos de todo bien en el Señor!”, dijo el Papa el domingo 3 de enero antes de rezar el Ángelus con los fieles congregados en la Plaza de San Pedro.

“Problemas -dijo el Santo Padre- no faltan ni en la Iglesia ni en el mundo, así como en la vida cotidiana de las familias. Pero, gracias a Dios, nuestra esperanza no tiene en cuenta los improbables pronósticos, ni tampoco, aun siendo importantes, las previsiones económicas”.

Benedicto XVI aseguró que “nuestra esperanza está en Dios, no en el sentido de una genérica religiosidad, o de un fatalismo encubierto de fe. Nosotros confiamos en el Dios que en Jesucristo ha revelado de manera completa y definitiva su voluntad de estar con el hombre, de compartir su historia, para guiarnos a todos a su Reino de amor y de vida. Ésta es la gran esperanza que anima y a veces corrige nuestras esperanzas humanas”.

“Ésta -continuó- es la verdadera razón de esperanza de la humanidad: la historia tiene un sentido, porque está “habitada” por la Sabiduría de Dios. Y sin embargo, el designio divino no se cumple automáticamente, porque es un proyecto de amor, y el amor genera libertad y exige libertad. El Reino de Dios viene ciertamente; es más, ya está presente en la historia y, gracias a la venida de Cristo, ha vencido ya la fuerza negativa del maligno. Pero cada hombre y cada mujer es responsable de acogerlo en la propia vida, un día y otro. Por esto, también el 2010 será más o menos “feliz” en la medida en que cada uno, según su propia responsabilidad, sepa colaborar con la gracia de Dios”.

El Papa pidió a todos los fieles que se dirijan a la Virgen María “para aprender de Ella esta actitud espiritual. El Hijo de Dios tomó carne de Ella con su consentimiento. Cada vez que el Señor quiere dar un paso hacia adelante, con nosotros, hacia la “tierra prometida”, llama primero a nuestro corazón, espera, por decirlo de alguna forma, nuestro “sí”, tanto en las pequeñas como en las grandes decisiones”.

“¡Que María -terminó- nos ayude a acoger siempre la voluntad de Dios, con humildad y valentía, para que también las pruebas y los sufrimientos de la vida cooperen a acelerar la venida de su Reino de justicia y de paz”.

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