Ordenes mendicantes, renovación eclesial profunda

“Son los santos, guiados por la luz de Dios, los auténticos reformadores de la vida de la Iglesia y de la sociedad. Maestros con la palabra y testigos con el ejemplo, promueven una renovación eclesial estable y profunda”, explicó el Papa.

Santos como Francisco de Asís y Domingo de Guzmán “fueron capaces de leer con inteligencia los signos de los tiempos, intuyendo los retos con los que tenía que enfrentarse la Iglesia en su época”. Uno de estos desafíos era “la expansión de varios grupos y movimientos de fieles que, aunque inspirados por un deseo legítimo de vida cristiana auténtica, se colocaban a menudo fuera de la comunión eclesial”. Entre estos grupos estaban los cataros o albigenses, que repropusieron antiguas herejías como “el desprecio del mundo material, (…) la negación de la libre voluntad y la existencia de un (…) principio del mal equiparable a Dios”.

Movimientos como aquellos tuvieron éxito, “no solo por su sólida organización, sino también porque denunciaban un desorden real en la Iglesia, causado por el comportamiento poco ejemplar de diversos representantes del clero”.

Sin embargo, los franciscanos y los dominicos “demostraron que era posible vivir la pobreza evangélica sin separarse de la Iglesia”, renunciando no solamente a la posesión de bienes materiales, sino también rechazando que la comunidad fuera propietaria de terrenos y bienes inmuebles, testimoniando así “una vida extremadamente sobria para ser solidarios con los pobres y confiar solo en la Providencia”.

El estilo personal y comunitario de las Ordenes Mendicantes, “unido a la adhesión total a la enseñanza de la Iglesia y a su autoridad fue muy apreciado por los pontífices de la época, (…) que ofrecieron su pleno apoyo a esas nuevas experiencias eclesiales, reconociendo en ellas la voz del Espíritu”.

“También hoy, incluso viviendo en una sociedad en la que prevalece el tener sobre el ser, somos muy sensibles a los ejemplos de pobreza y solidaridad”, observó Benedicto XVI, recordando que Pablo VI afirmaba que “el mundo escucha de buen grado a los maestros cuando también hay testigos. Esta es una lección que no hay que olvidar nunca en la obra de difusión del Evangelio: vivir en primera persona lo que se anuncia, ser espejo de la caridad divina”.

Asimismo, las Órdenes respondieron a la exigencia muy difundida en su época de la instrucción religiosa, predicando y tratando “temas muy cercanos a la vida de la gente, sobre todo la práctica de las virtudes teologales y morales, con ejemplos concretos, fácilmente comprensibles”.

Dada la importancia que asumieron las Ordenes Mendicantes, instituciones laicas como los gremios o las autoridades civiles las consultaban a menudo. Los franciscanos y dominicos fueron así “los animadores espirituales de la ciudad medieval” y “pusieron en marcha una estrategia pastoral adecuada a las transformaciones de la sociedad”. En un tiempo en que las ciudades crecían, construyeron sus conventos en zonas urbanas y viajaron de un lugar a otro, “abandonando el principio de estabilidad que había caracterizado la vida monástica durante siglos”. Adoptaron para ello una organización diversa, “reservando mayor importancia a la Orden en cuanto tal y al Superior General” frente a la autonomía de la que hasta entonces gozaba cada monasterio. “Así, estaban más disponibles para las exigencias de la Iglesia Universal “, comentó el Santo Padre.

Otro gran reto eran “las transformaciones culturales”, que hacían muy vivaz la discusión en las universidades. De ahí que los frailes “entrasen en los ateneos más famosos como estudiantes y profesores, erigieran centros de estudio (…) e incidieran significativamente en el desarrollo del pensamiento”.

“Hoy también hay una “caridad de la verdad y en la verdad”, concluyó el Papa. “Una “caridad intelectual” para iluminar las inteligencias y conjugar la fe con la cultura. La tarea de los franciscanos y dominicos en las universidades medievales es una invitación a estar presentes en los lugares de elaboración del saber para proponer, con respeto y convicción, la luz del Evangelio sobre las cuestiones fundamentales que atañen al ser humano, a su dignidad y a su destino eterno”.

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