Dignidad universal del ser humano

Intervinieron en la presentación el cardenal Paul Josef Cordes, presidente del Pontificio Consejo “Cor Unum”, Hans-Gert Pöttering, ex Presidente del Parlamento europeo y Presidente de la Fundación Konrad Adenauer y monseñor Giampietro Dal Toso, subsecretario del mismo dicasterio.

Comentando el mensaje, Pöttering señaló que “el Santo Padre indica que una forma radical secularizada de justicia distributiva separada de la fe en Dios se convierte en ideológica. Como político -dijo-, me gustaría añadir: Hemos experimentado hasta dónde puede llegar esta idea en un sistema socialista decaído”.

“Solidaridad o caridad implica la responsabilidad de defender y proteger -continuó- la dignidad universal de todo ser humano en todo el mundo y en todas las circunstancias. Si queremos preservar la libertad e incrementar la justicia, tenemos que situar el valor de la fraternidad o solidaridad en el centro de nuestro pensamiento político”.

Tras recordar las palabras de Pablo VI: “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, afirmó que “es necesario dar un paso más y decir: “La solidaridad es el nuevo nombre de la paz”. Al afirmarlo, volvemos a situar la libertad y la igualdad en un equilibrio apropiado con la solidaridad”.

“El Santo Padre -terminó- ha indicado dos conclusiones esenciales acerca del sentido cristiano de la justicia: abandonar la autosuficiencia y aceptar nuestra misión con humildad. Esta es la brújula para toda política comprometida con la responsabilidad cristiana, no solo en el período de Cuaresma 2010, sino también en este siglo XXI, con la tarea enorme que nos espera de forjar la globalización”.

Por su parte, el cardenal Cordes dijo que “no sin motivo, resuena por todas partes en el mundo la llamada a la justicia. El mundo de la política y la convivencia de los pueblos piden en todos los lugares esta relación entre las diversas fuerzas sociales. Este es el ámbito de la justicia” que “se pisotea con la violencia, con la opresión de la libertad y con la falta de respeto de la dignidad humana, con malas leyes y con la violación de los derechos, con la explotación y con sueldos de hambre”.

“Hay, por tanto, factores sociales que deben corregirse; y en esa lucha no hay que olvidar que la Iglesia cuenta con méritos”, afirmó el purpurado, recordando que “a ejemplo de Jesús ya los primeros cristianos se hicieron cargo de las necesidades de las personas” y “más tarde en la Edad Media , (…) con la “Tregua Dei “, los hombres de la Iglesia ponían a seguro los bienes de la gente sencilla frente a la nobleza y la invitaban a manifestaciones de masa que con el grito “Pax, Pax, Pax”, fomentaban el deseo entusiasta de una convivencia pacífica”.

También “en la época moderna, cuando los Estados europeos convirtieron a otros países y continentes en colonias suyas, sometiéndolos a menudo a una explotación salvaje, misioneros cristianos y religiosas no solo llevaron la fe a los habitantes de aquellas tierras, sino que les enseñaron un estilo y una calidad de vida”.

Pero “los que analizan con precisión la aportación de la Iglesia en favor de un entendimiento pacífico entre los pueblos se dan cuenta enseguida de que el problema de una convivencia justa no puede resolverse solo con intervenciones mundanas. (…) Como el Papa enseña también, nosotros tenemos que ir más allá de la forma común de concebir la antropología para llegar a una visión completa del ser humano: así el concepto de justicia revela todo su contenido”.

“El mal viene de dentro, del corazón del ser humano, como dice el Señor en el Evangelio. William Shakespeare y George Bernanos lo cuentan en sus obras. (…) Stalin en Ucrania y Hitler en Auschwitz no tenían escrúpulos en dar rienda suelta a su maldad. (…) La experiencia del mal nos enseña que sería ingenuo confiar solamente en la justicia humana, que interviene desde fuera en las estructuras y en los comportamientos. El corazón del ser humano tiene que curarse”.

El presidente del Pontificio Consejo “Cor Unum” recordó que “como cada año, el Mensaje Cuaresmal exhorta a toda la humanidad de nuestro tiempo a cumplir buenas acciones”, pero “la Palabra del Papa es ante todo un desafío a nuestra voluntad para que se fíe de Dios y crea en Él. (…) En nuestros días la vida ordinaria no nos lleva a Dios; su ausencia caracteriza nuestra experiencia cotidiana. Una vez más descubrimos que el Evangelio no está en sintonía con el consenso burgués y por eso hay que proclamarlo siempre de nuevo”•.

“En la última parte de su Mensaje, el Papa resalta la salvación en Cristo como el fundamento de la justicia humana”, concluyó el purpurado. “Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar porque pone en evidencia que no es un ser autárquico, porque necesita de Otro para ser plenamente sí mismo. Convertirse a Cristo, al Evangelio, significa, en el fondo, esto”.

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