Evangelizar y cuidar enfermos

Participaron en la Misa los enfermos de la UNITALSI (Unión Nacional Italiana Transporte Enfermos a Lourdes y a Santuarios Internacionales) y los peregrinos de la Opera Romana Pellegrinaggi.

Antes de la celebración eucarística, las reliquias de Santa Bernadette Soubirous recorrieron en procesión la Plaza de San Pedro y fueron acogidas a su llegada a la basílica por el arcipreste, el cardenal Angelo Comastri, para ser colocadas junto a la imagen de la Virgen de Lourdes, cerca del altar de la Confesión.

“Jesús recorría Galilea enseñando en las sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando toda clase de enfermedades en el pueblo”, dijo el Papa en su homilía citando el Evangelio de Mateo.

“La Iglesia, a la que se ha confiado la tarea de prolongar en el espacio y el tiempo la misión de Cristo, no puede desatender estas dos obras esenciales: evangelización y cuidado de los enfermos de cuerpo y de espíritu. Efectivamente, Dios quiere curar al ser humano en su totalidad y en el Evangelio la curación del cuerpo es señal de la sanidad más profunda, que es la remisión de los pecados”.

“No hay que maravillarse, por lo tanto, de que María, madre y modelo de la Iglesia, sea invocada y venerada como “Salud de los enfermos”. Como primera y perfecta discípula de su Hijo, mostró siempre, acompañando el camino de la Iglesia, una atención particular por los que sufren. (…) En la memoria de las apariciones de Lourdes, lugar elegido por María para manifestar su solicitud maternal por los enfermos, resuena en la liturgia el Magnificat. (…) No es el canto de aquellos a quienes sonríe la fortuna, de los que van siempre con el viento en popa; es, ante todo, la acción de gracias de los que conocen los dramas de la vida, pero confían en la obra redentora de Dios”

“La Iglesia, como María, custodia dentro de sí los dramas del ser humano y el consuelo de Dios (…) durante su peregrinaje en la historia. (…) El sufrimiento aceptado y ofrecido, la división sincera y gratuita ¿no son quizá milagros del amor? Por eso vivimos una alegría que no se olvida del sufrimiento; al contrario, lo abarca. De esta forma los enfermos y todos los que sufren son en la Iglesia no sólo destinatarios de atención y cuidado sino, en primer lugar, protagonistas de la peregrinación de la fe y de la esperanza, testigos de los prodigios del amor, de la alegría pascual”.

Comentando después las palabras de la Carta de Santiago: “¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él ungiéndole con aceite en nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo”, el Santo Padre dijo: “En este Año Sacerdotal quiero subrayar los lazos entre los enfermos y los sacerdotes. (…) El enfermo debe “llamar” a los presbíteros, que tienen que responder para llevar a la experiencia de la enfermedad la presencia y la acción del Resucitado y de su Espíritu”.

“En efecto, cuando la Palabra de Dios habla de curación, de salvación, de salud del enfermo, entiende esos conceptos en sentido integral, sin separar nunca alma y cuerpo: un enfermo curado por la oración de Cristo, mediante la Iglesia, es una alegría en la tierra y en el cielo, es una primicia de vida eterna”, concluyó el pontífice.

Los actos de la XVIII Jornada Mundial del Enfermo concluyeron con una procesión que salió a las 16,30 de Castel Sant’Angelo y recorrió Via della Conciliazione para terminar en la Plaza de San Pedro. Benedicto XVI se asomó a la ventana de su estudio a las 17,30 para saludar y bendecir a los fieles presentes.

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