Conrad: Timba con garantías

Por Emilio Cafassi

La única vez que entré al Conrad fue una tarde de domingo, hace casi una década, en busca de un lobby o bar con televisión satelital para poder ver a Boca enfrentando a su más enconado rival en el “monumental”.

Apenas si reparé en algún detalle que lo diferenciara de todos los grandes hoteles modernos de cuatro o cinco estrellas que se multiplican por el mundo, formatizados en la estética caricaturesca del falsario VIP.

La homogeneización hotelera high-soc se consuma más potentemente con el aditamento de un casino cuando los dorados plastificados, los falsos caireles refractarios, el bullicio, el neón y las alfombras de normativos arabescos mullidos construyen el clisé esperado del look Las Vegas.

Pero es sólo una ya lejana impresión, fundada en una mirada rápida, en un rato de escabrosas averiguaciones sobre trasmisiones televisivas y diálogos futboleros con un barman.

La conclusión siguiente será un prejuicio, pero no puedo evitar suponerlo como un chorizo arquitectónico más de la chacinería Hilton, competitiva a su vez con otros productores de embutidos edilicios similares. No por ello les niego confort a sus resultados, ni dejo de celebrar que mantenga puestos de trabajo con su funcionamiento.

Mientras el capitalismo rija lamentable e inhumanamente la vida social, puede haber cosas aún peores para los desposeídos que la propia explotación: su ausencia. Aquella vez no pasaban el partido allí, cuyo empate terminé maldiciendo en una pizzería medio pelo frente a la plaza de Maldonado. Las señales televisivas internacionales también están segmentadas según el poder adquisitivo y las declinaciones culturales de las audiencias.

De todas formas, la mole no me es totalmente ajena. Paso seguido por su frente y su lateral cuando tomo por el boulevard adyacente que permite transitar de La Mansa a La Brava y viceversa, sin entrar en la península.

Padezco los embotellamientos nocturnos que producen los motorizados personajes contemporáneos de Dostoievsky aunque sospeche, también prejuiciosamente, que en el resto de las dependencias los protagonistas remitan más a los miserables de Víctor Hugo en versión empresarial.

Parece el reino del kitsch uniformado, como el que también se clona en las wiskerías de los arrabales, sólo que con otros precios y mohines. Entre sus paredes se fraguan, como en todos los grandes ámbitos concentradores de segmentos sociales diferenciados, los estereotipos ideológicos que unifican y animan discursivamente a sus asistentes.

Su envase en este caso no será la racionalidad que Max Weber le atribuye al burgués sino su negación rotunda, bajo la forma de la ostentación, la farfulla y la timba.

Algo rompe la rutina glamorosa y frívola de Punta del Este. Un guerrillero se dirige a una audiencia conservadora, exigente y amenazante.

Pronuncia su discurso encendido, pero no allí donde el lector sospecha, ya que el Conrad no existía casi medio siglo atrás. El orador despliega toda su enjundia retórica el 8 de agosto de 1961 en la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES).

El Che Guevara concitó aquella vez la atención del mundo entero desde el balneario esteño, anticipándose a denunciar el carácter ideológico de la tecnocracia economicista que logró su máximo esplendor hegemónico mucho después, en los años noventa.

Sostuvo que “(…) ésta (por aquella) es una conferencia política, que Cuba no admite que se separe la economía de la política y que entiende que marchan constantemente juntas. Por eso no puede haber técnicos que hablen de técnica, cuando está de por medio el destino de los pueblos”.

Luego, aquel guerrillero del Siglo XX iba por más.

Su apuesta era la expansión de la revolución por todo el continente, con epicentro en Cuba. No le faltaban seguidores entusiastas y, en consecuencia, enfrentaba sin ambages a toda la reacción.

Una parte de ese discurso, precisamente la que traje a colación en la cita, fue retomada más sutilmente por un ex guerrillero del Siglo XXI, que el miércoles pasado “sedujo” a 1.500 empresarios según la prensa rioplatense (más allá de matices en la titulación) en el mismo balneario.

Volvió a reiterar que la vida económica debe estar supeditada a la política y ésta al destino de los pueblos o al menos al mejoramiento de sus condiciones de vida. Pero a diferencia del primero no fue a confrontar.

Tampoco los asistentes, que ya conocían los ejes del posible discurso por un almuerzo más discreto organizado por la misma cámara de comercio en el Hotel Alvear de Buenos Aires hace muy pocos meses. Por eso los elogios antecedieron las exposiciones de los futuros mandatarios y se multiplicaron a posteriori con varios gremialistas del capital, bastante tenebrosos por cierto.

Mujica no sostuvo que rija el pleno laissez faire sino simplemente que “necesitamos inversión, porque se necesita más y cada vez mejor trabajo. Y eso tiene una condición previa, que son leyes claras y tangibles, que respondan a un análisis objetivo que propicie el clima para la inversión (para) pagar impuestos y generar riqueza”.

En un país capitalista esa inversión la hace el estado o el capital. Alguno o ambos serán quienes tengan que construir o importar la infraestructura productiva que demande fuerza de trabajo para la generación de mayor riqueza.

El señalamiento de Mujica es preciso: “la riqueza es hija del trabajo y el trabajo necesita inversión (…) no somos Mandrake, no podemos generar riqueza (sólo) con decisiones legislativas”. El título del encuentro aludía justamente a la reducción de la pobreza.

La tesis es irrefutablemente marxista en su más plena ortodoxia. Formulada elementalmente, la ley general de la acumulación de capital desarrollada por Marx (El Capital, Libro I, Sección VII, capítulo 25 y ss) sostiene que el incremento de la masa de capital invertido implicará una proporción mayor de capital variable, que obviamente supone compra de fuerza de trabajo, o si se prefiere, reducción de la desocupación.

También contemplará tendencias a la expulsión parcial de esa fuerza de trabajo por razones de tecnificación, pero sólo se puede desplegar la repulsión del trabajo si la inversión originaria de capital tuvo lugar.

Sin embargo, hay muchas paradojas simbólicas en la visita presidencial al Conrad, por invitación de la cámara de comercio argentino uruguaya.

Comenzando por el propio lugar de encuentro, con las características aludidas, que se enfrentan diametralmente a la austeridad de Mujica, incluyendo su cultura hospitalaria de quincho y horizontalidad.

No le va en zaga que las seguridades de la inversión, tan exaltadas por los asistentes, sean proclamadas justamente en un local de timba, probablemente el más obsceno de todo el Uruguay.

Pero la paradoja estrictamente política es que los elogiosos asistentes argentinos, aquellos citados por la prensa de ambas orillas, tienen una larga trayectoria de sabotaje a las políticas de generación de empleo, de redistribución del ingreso, de fortalecimiento de la salud y educación públicas, de seguridad social y de progresismo fiscal.

De allí que sus juicios laudatorios tengan en todos los casos un propósito de emboquillada hacia su verdadero campo político de acción, que está en la orilla occidental del Río de la Plata.

Precisamente todos los que saludaron los propósitos progresistas del Frente Amplio son los principales enemigos de lo poco que tiene de progresista el actual gobierno argentino.

Lo que en realidad producen es una verdadera fábula de las diferencias. Sin dejar de recordar que las idolatrías de estos exponentes de fortuna son tan efímeras como los saldos de las cuentas corrientes antes de su fuga al exterior.

Las distancias entre Argentina y Uruguay son abismales. Pero no son aquellas que ilusionan a los comensales VIP, ni los brillos provienen de los espejitos de la bola de boliche del hotel. Son de cultura cívica, de nivel de organización política y sindical y de honestidad, en algunos casos radical como señalé en otras oportunidades.

Solo los brillos del Conrad pueden obnubilar al punto de suponer que la diferencia se encuentra en las garantías de inversión o sólo en la tácitamente admitida ausencia de coimas en esta orilla.

Uruguay está en condiciones de fijar reglas de juego y mantenerlas porque ya no hay herencia maldita sino algunas maldiciones, buena parte de ellas importadas, a las que hay que truncar su transmisión hereditaria.

O al menos circunscribirlas a algún ámbito acotado, que bien podría ser el Conrad, donde se puede festejar la reducción de riesgos de ganancias reventándolas en la ruleta.

* Emilio Cafassi, profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex [email protected]

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