Permanecer en Dios y guardar sus mandamientos

El Papa presidió una Lectio Divina, en la que ofreció una reflexión sobre el capítulo 15 del Evangelio de San Juan, centrándose sobre todo en estas dos palabras: “permaneced” y “guardar”.


“Meditando en este don -de la gran historia del amor, que es la historia de la verdadera felicidad, porque Dios se ha hecho uno con todos nosotros, y al mismo tiempo nos ha hecho uno-, debemos rezar -dijo a los seminaristas- para que este misterio penetre en nuestra mente, en nuestro corazón, y cada vez más seamos capaces de ver y de vivir la grandeza del misterio, y de este modo comenzar a realizar este imperativo: “permaneced”.


Refiriéndose al segundo término, “guardar”, Benedicto XVI afirmó que es “solo el segundo nivel -el primero es “permanecer”- de la relación con Dios, es decir, el nivel ontológico, porque (…) Dios nos ha dado primero su amor, el fruto. Nosotros no tenemos que producir el gran fruto; el cristianismo no es un moralismo, no tenemos que hacer lo que Dios espera del mundo, sino entrar en este misterio ontológico. Dios se da Él mismo, su ser, su amar precede nuestro actuar y en el contexto de su cuerpo, en el contexto del estar en Él, identificado con Él, ennoblecidos con su Sangre, podemos también nosotros actuar con Cristo”.


“El Señor dice: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: Os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. (…) La novedad -continuó el Papa comentando este versículo- es que Dios se ha dado a conocer, que se ha mostrado, que ya no es el Dios desconocido, buscado, pero no encontrado. (…) Dios se ha hecho ver en el rostro de Cristo”.


El Papa lamentó que “también hoy, muchos viven lejos de Cristo, no conocen su rostro y de este modo se renueva la eterna tentación del dualismo (…), es decir, el hecho de que quizá no existe solo un principio bueno, sino también un principio malo, un principio del mal”. Sin embargo, continuó, “en el rostro de Cristo crucificado vemos a Dios y vemos la verdadera omnipotencia, no el mito de la omnipotencia; (…) En El, la verdadera omnipotencia es amar hasta el extremo de sufrir por nosotros”.


En el capítulo 16 de San Juan, añadió el Santo Padre, “el Señor nos ofrece la clave para comprender que estas palabras: “De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé”, significan la alegría. Si uno encuentra la alegría, encuentra todo y ve todo a la luz del amor divino”.


“A Dios no le pedimos una cosa pequeña o grande, sino a El mismo. En este sentido tenemos que aprender a rezar, (…) para que nos otorgue su Espíritu y podamos responder a las exigencias de la vida y ayudar a los demás en sus sufrimientos. (…) Tenemos que aprender cada vez más las cosas por las que podemos rezar y por las que no podemos rezar, porque son expresiones de mi egoísmo, (…) de mi soberbia. (…) Rezar ante los ojos de Dios es un proceso de purificación de nuestros pensamientos, de nuestros deseos. (…) Solo en este proceso de lenta purificación, de liberación de nosotros mismos y de la voluntad, (…) está el camino verdadero de la vida, se abre el camino de la alegría”.

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